León Trotsky
(agosto de 1939)
La Revolución de 1905 no fue sólo “el ensayo general de 1917” sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso.2 El centro de las polémicas y diferencias lo ocupaba naturalmente la cuestión del carácter histórico de la revolución rusa y los caminos que tomaría su desarrollo en el futuro. En sí y de por sí esta guerra de concepciones y pronósticos no se relaciona directamente con la biografía de Stalin, quien no tuvo en ella ninguna participación independiente. Los pocos artículos propagandísticos que escribió sobre el problema carecen del menor interés teórico. Montones de bolcheviques, pluma en mano, popularizaron las mismas ideas con mucho más habilidad La explosión crítica de la concepción revolucionaria del bolchevismo, por su misma naturaleza, tendría que haber formado parte de una biografía de Lenin.
Sin embargo, las teorías sufren un destino propio. Si bien en la época de la primera revolución, y posteriormente hasta 1923, cuando se elaboraron y aplicaron las doctrinas revolucionarias, Stalin no sostuvo ninguna posición independiente, desde 1924 en adelante la situación cambia abruptamente. Se abre la etapa de la reacción burocrática y de la revisión drástica del pasado. La película de la revolución se proyecta al revés. Se someten las viejas doctrinas a nuevos enfoques y nuevas interpretaciones. De manera a primera vista bastante inesperada se traslada el centro de la atención a la concepción de “la revolución permanente”, a la que se presenta como fuente de todos los desatinos del “trotskismo”. Durante varios años la crítica de esta concepción conforma el contenido principal del trabajo teórico –sit venio verbo [si es que se puede usar tal palabra]– de Stalin y sus colaboradores. Se puede decir que todo el estalinismo, considerándolo en el plano teórico, se desarrolló a partir de la crítica a la teoría de la revolución permanente tal como fue formulada en 1905. En esta medida, no puede dejar de aparecer en este libro, aunque sea en forma de apéndice, la exposición de esta teoría en sus diferencias con las de los bolcheviques y mencheviques.
Lo que caracteriza en primer lugar el desarrollo de Rusia es el atraso. El atraso histórico, sin embargo, no significa la mera reproducción del desarrollo de los países avanzados con una simple demora de uno o dos siglos. Engendra una formación social “combinada” totalmente nueva, en la que las conquistas más recientes de la técnica y la estructura capitalista se entrelazan con relaciones propias de la barbarie feudal y prefeudal, transformándolas, sometiéndolas y creando una relación peculiar entre las clases. Lo mismo se aplica al terreno de las ideas. Precisamente a causa de su retraso histórico, Rusia fue el único país europeo en el que el marxismo como doctrina y la socialdemocracia como partido alcanzaron antes de la revolución burguesa un poderoso desarrollo. Es entonces natural que precisamente en Rusia se haya sometido al más profundo análisis teórico el problema de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo.
Los demócratas idealistas, especialmente los narodniki,3 se negaban supersticiosamente a reconocer que la revolución inminente sería burguesa. La rotulaban de “democrática”, tratando, con una fórmula política neutral, de ocultar a los demás y a sí mismos su contenido social. Pero, en lucha contra el narodnikismo, Plejanov, el fundador del marxismo ruso planteó ya a principios de la década del 80 del siglo pasado que no había razón alguna para suponer que Rusia seguiría un camino privilegiado. Igual que otras naciones “profanas” tendría que atravesar el purgatorio del capitalismo; así precisamente lograría la libertad política indispensable para la lucha posterior del proletariado por el socialismo. Plejanov no sólo separaba como tareas la revolución burguesa de la socialista, a la que posponía para un futuro indefinido; suponía que en cada una de ellas se darían combinaciones de fuerzas totalmente diferentes. El proletariado conquistaría la libertad política en alianza con la burguesía liberal; después de varias décadas, y con un nivel superior de desarrollo capitalista, realizaría la revolución socialista en lucha directa contra la burguesía. Lenin, por su parte, escribía a fines de 1904:
“Al intelectual ruso siempre le parece que reconocer nuestra revolución como burguesa significa desteñirla, degradarla, rebajarla [...] Para el proletariado la lucha por la libertad política y la república democrática en la sociedad burguesa es simplemente una etapa necesaria en la lucha por la revolución socialista.”
“Los marxistas están absolutamente convencidos –escribía en 1905– del carácter burgués de la revolución rusa. ¿Qué significa esto? Significa que las transformaciones democráticas que se han vuelto indispensables en Rusia [...] no implican, por sí mismas, la liquidación del capitalismo, del gobierno burgués. Por el contrario, abonarán el terreno, por primera vez y de manera real. para un desarrollo del capitalismo amplio y rápido, europeo y no asiático. Permitirán por primera vez el gobierno de la burguesía como clase [...]”
“No podemos saltar por encima del marco democrático-burgués de la revolución rusa –insistía– pero podemos extender este marco en grado colosal.” Es decir, podemos crear dentro de la sociedad burguesa condiciones mucho más favorables para la lucha futura del proletariado. Dentro de estos límites Lenin seguía a Plejanov. El carácter burgués de la revolución fue el punto de partida de las dos fracciones de la socialdemocracia rusa.
Es bastante natural que en estas condiciones Koba [Stalin] no haya ido en su propaganda más allá de esas fórmulas populares que forman parte del patrimonio común de bolcheviques y mencheviques.
“La Asamblea Constituyente –escribió en enero de 1905– electa en base al sufragio igualitario, directo y secreto: por esto tenemos que luchar ahora. Sólo esta asamblea nos dará la república democrática, que tan urgentemente necesitamos en nuestra lucha por el socialismo.” La república burguesa como escenario de una postergada lucha de clases por la meta socialista; ésa es la perspectiva.
En 1907, es decir, después de innumerables discusiones publicadas en la prensa de San Petersburgo y en la del extranjero, y después de un serio análisis de los pronósticos teóricos en base a las experiencias de la primera revolución, Stalin escribía:
“Parece que todos están de acuerdo en nuestro partido en que nuestra revolución es burguesa, que concluirá con la destrucción del orden feudal y no del orden capitalista, que culminará sólo con la república democrática.” Stalin no se refería a cómo comienza la revolución sino a cómo termina, y de antemano y bastante categóricamente la limitaba a “sólo la república democrática”. En vano buscaríamos en sus escritos siquiera un indicio de alguna perspectiva de revolución socialista ligada a un vuelco democrático. Esta seguía siendo su posición, todavía a comienzos de la Revolución de Febrero de 1917,4 hasta la llegada de Lenin a San Petersburgo.
Para Plejanov, Axelrod y en general todos los líderes del menchevismo5 la caracterización sociológica de la revolución como burguesa era políticamente válida sobre todo porque prohibía de antemano provocar a la burguesía con el espectro del socialismo y “echarla” en brazos de la reacción. “Las relaciones sociales han madurado en Rusia solamente para la revolución burguesa”, decía el principal táctico del menchevismo, Axelrod, en el Congreso de Unidad [abril de 1906]. “Ante la liquidación generalizada de los derechos políticos en nuestro país ni hablar se puede siquiera de una batalla directa entre el proletariado y otras clases por el poder político [...] El proletariado lucha por lograr las condiciones que permitirán el desarrollo burgués. Las condiciones históricas objetivas determinan que sea el destino de nuestro proletariado colaborar inevitablemente con la burguesía en la lucha contra el enemigo común.” De esa manera, se limitaba de antemano el contenido de la revolución rusa a las transformaciones compatibles con los intereses y posiciones de la burguesía liberal.
Es precisamente en este punto que comienza el desacuerdo básico entre las dos fracciones. El bolchevismo se negaba absolutamente a reconocerle a la burguesía rusa la capacidad de llevar hasta el fin su propia revolución. Con una fuerza y una coherencia infinitamente superiores a las de Plejanov, Lenin planteó la cuestión agraria como el problema central del vuelco democrático en Rusia. “El eje de la revolución rusa –repitió– es la cuestión agria (de la propiedad de la tierra). Las conclusiones respecto a la derrota o la victoria de la revolución tienen que basarse en el cálculo [...] de la situación en que se hallan las masas para luchar por la tierra.” Igual que Plejanov, Lenin consideraba al campesinado como una clase pequeñoburguesa; su programa agrario como un programa de progreso burgués. “La nacionalización es una medida burguesa –insistía en el Congreso de Unidad–. Dará impulsos al desarrollo del capitalismo; agudizará la lucha de clases, favorecerá la movilidad de la propiedad de la tierra, provocará la inversión de capitales en la agricultura, hará bajar los precios de los cereales.” Pese al indudable carácter burgués de la revolución agraria, la burguesía rusa seguía siendo hostil a la expropiación de los latifundios; precisamente por eso tendía al compromiso con la monarquía basado en una constitución de tipo prusiano. Lenin contraponía a la idea de Plejanov de una alianza entre el proletariado y la burguesía liberal la de una alianza entre el proletariado y el campesinado. Proclamó como tarea de la colaboración revolucionaria de estas dos clases la implantación de una “dictadura democrática”, único medio de limpiar radicalmente a Rusia de toda la basura feudal, crear un sistema de campesinos libres y allanar el camino al desarrollo del capitalismo según el modelo norteamericano, no el prusiano.
El triunfo de la revolución, escribía, puede culminar “solamente en una dictadura, ya que la realización de las transformaciones que el proletariado y el campesinado necesitan inmediata y urgentemente provocará la resistencia desesperada de los terratenientes, la gran burguesía y el zarismo. Sin la dictadura será imposible quebrar esta resistencia y rechazar los ataques contrarrevolucionarios. Pero no será, por supuesto, una dictadura socialista sino una dictadura democrática. No podrá afectar (antes de una serie de etapas transicionales del proceso revolucionario) los fundamentos del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, realizar una repartición radical de la propiedad agraria en favor del campesinado, introducir una democracia coherente y plena hasta instituir la república, hacer desaparecer todas las características asiáticas y feudales tanto de la vida cotidiana de la aldea como de la fábrica, comenzar a mejorar seriamente la situación de los trabajadores y a elevar su nivel de vida, y, lo que es muy importante, trasladar la conflagración revolucionaria a Europa.”
La concepción de Lenin representó un enorme avance en tanto no partía de las reformas constitucionales sino del cambio agrario como objetivo central de la revolución y señalaba la única combinación de fuerzas sociales que realmente podía realizarlo. El punto débil de la concepción de Lenin, sin embargo, estaba en la idea internamente contradictoria de “la dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. El mismo Lenin subestimaba la limitación fundamental de esta dictadura al llamarla burguesa. Con esto quería decir que, en función de preservar su alianza con el campesinado, el proletariado, en la revolución que se aproximaba, tendría que postergar el planteo directo de los objetivos socialistas. Pero esto hubiera significado la renuncia del proletariado a su propia dictadura. En consecuencia, la esencia de la cuestión residía en la dictadura del campesinado, aunque con la participación de los obreros.
En algunas ocasiones Lenin lo planteó precisamente así. Por ejemplo, en la Conferencia de Estocolmo [abril de 1906], al refutar a Plejanov, que se pronunció en contra de la “utopía” de la toma del poder, Lenin dijo: “¿Cuál es el programa que está en discusión? El programa agrario. ¿Quién se supone que tomará el poder con este programa? El campesinado revolucionario. ¿Acaso mezcla Lenin el poder del proletariado con este campesinado? “ No, dice refiriéndose a sí mismo: Lenin diferencia tajantemente el poder socialista del proletariado del poder democrático-burgués del campesinado. “Pero –exclama nuevamente– ¿cómo será posible que triunfe la revolución campesina sin la toma del poder por el campesinado revolucionario?” En esta formulación polémica Lenin revela con particular claridad la vulnerabilidad de su posición.
El campesinado está disperso sobre la superficie de un enorme país cuyos lugares de concentración claves son las ciudades. El campesinado es incapaz de formular siquiera sus propios intereses, en tanto aparecen como diferentes en cada distrito. La ligazón económica entre las provincias la crean el mercado y el ferrocarril, pero ambos están en manos de las ciudades. Al tratar de romper con las limitaciones de la aldea y generalizar sus propios intereses, el campesinado inevitablemente cae en dependencia política de la ciudad. Finalmente, el campesinado es heterogéneo en sus relaciones sociales: el sector de los kulaki [campesinos ricos] tiende naturalmente a la alianza con la burguesía urbana, mientras que los sectores más pobres de la aldea se inclinan hacia el proletariado urbano. En estas condiciones el campesinado como tal es totalmente incapaz de tomar el poder. Es cierto que en la antigua China las revoluciones llevaron al poder al campesinado o, más precisamente, a los dirigentes militares de las insurrecciones campesinas. Esto llevaba cada vez a una nueva división de la tierra y a la instauración de una nueva dinastía “campesina”, a partir de la cual todo empezaba de nuevo; una nueva concentración de la tierra, una nueva aristocracia, un nuevo sistema de usura y una nueva insurrección. En tanto la revolución conserva su carácter netamente campesino sino la sociedad es incapaz de salir de estos círculos viciosos. Esta fue la base de la historia antigua de Asia, incluyendo la rusa. En Europa, a partir de fines de la Edad Media, toda insurrección campesina que triunfaba no llevaba al poder un gobierno campesino sino a un partido urbano de izquierda. Para plantearlo con más precisión, una insurrección campesina tenía éxito exactamente en la medida en que lograba fortalecer la situación del sector revolucionario de la población urbana. En la Rusia burguesa del siglo XX ni hablar cabía de la toma del poder por el campesinado revolucionario.
La actitud hacia la burguesía liberal fue, como ya lo dijimos, lo que diferenciaba a revolucionarios y oportunistas en las filas socialdemócratas. ¿Hasta dónde podía llegar la revolución rusa? ¿Qué carácter tendría el futuro gobierno provisional revolucionario? ¿Qué tareas enfrentaría? ¿Y qué orden? Estas cuestiones tan importantes podían plantearse correctamente sólo teniendo en cuenta el carácter fundamental de la política del proletariado, determinado a su vez por la actitud que asumiría respecto a la burguesía liberal. Plejanov, de manera evidente y cobarde, cerraba los ojos a la conclusión básica que se extrae de la historia política del siglo XIX: cada vez que el proletariado avanza como fuerza política independiente la burguesía se vuelca al campo de la contrarrevolución. Cuanto más audaz es la lucha de las masas más rápida es la degeneración reaccionaria del liberalismo. Nadie inventó todavía una manera de paralizar las consecuencias de la ley de la lucha de clases.
“Debemos alegramos por el apoyo de los partidos no proletarios –repetía Plejanov durante la primera revolución– y no alejarlos de nosotros con acciones poco tácticas.” Con esta suerte de argumentaciones monótonas el filósofo del marxismo señalaba que le era inaccesible la dinámica viva de la sociedad. “La falta de táctica” puede alejar a un sensitivo intelectual individualmente. Lo que atrae y rechaza a las clases y los partidos son los intereses sociales. “Puede asegurarse con certeza –replicaba Lenin a Plejanov– que los liberales y los terratenientes le perdonarán millones de ‘acciones poco tácticas’ pero ni un solo llamado a tomar las tierras.” Y no sólo los terratenientes. Las capas más altas de la burguesía están ligadas con los terratenientes por los intereses que derivan de la propiedad, y más estrechamente por el sistema bancario. Las capas más altas de la pequeña burguesía y la intelligentzia dependen material y moralmente de los grandes y medianos propietarios; todos ellos temen al movimiento independiente de las masas. Además, para derrocar al zarismo es necesario decidir a decenas y decenas de millones de oprimidos al asalto heroico, abnegado, sin trabas, que no se detendría ante nada. Las masas pueden elevarse hasta la insurrección sólo bajo el estandarte de sus propios intereses, y en consecuencia de la hostilidad irreconciliable hacia las clases explotadoras, comenzando con los terratenientes. El “alejamiento” de la burguesía opositora respecto de los obreros y campesinos revolucionarios era por lo tanto una ley inmanente de la revolución, y no se lo podía eludir con la diplomacia o el “tacto”.
Cada mes que pasaba confirmaba la caracterización leninista del liberalismo. Contrariamente a las expectativas de los mencheviques, los cadetes no sólo no se disponían a ocupar su lugar al frente de la revolución “burguesa”,6 sino consideraban, cada vez en mayor medida, que su misión histórica era la de luchar contra la revolución.
Luego del aplastamiento de la Insurrección de Diciembre,7 los liberales, que gracias a la efímera Duma salieron a la escena política, hicieron los mayores esfuerzos para justificarse ante la monarquía y explicar lo poco activo de su conducta contrarrevolucionaria en el otoño de 1905, cuando se vieron amenazados los fundamentos más sagrados de la “cultura”. El dirigente liberal Miliukov,8 que condujo las negociaciones tras las bambalinas con el Palacio de Invierno, demostró en la prensa, de manera bastante correcta, que a fines de 1905 los cadetes ni siquiera podían mostrarse ante las masas. “Los que ahora acusan al partido [cadete] –escribía– por no haber protestado a tiempo convocando a manifestaciones contra las ilusiones revolucionarias del trotskismo [...] simplemente no comprenden o no recuerdan los ánimos reinantes en las reuniones o actos democráticos de ese entonces.” Por “ilusiones del trotskismo” el dirigente liberal entiende la política independiente del proletariado, que les ganó a los soviets la simpatía de los sectores más sumergidos de las ciudades, de los soldados, los campesinos y todos los oprimidos, que por la misma razón rechazaban a la “sociedad educada”. La evolución de los mencheviques siguió líneas paralelas. Tenían que justificarse con frecuencia cada vez mayor ante los liberales por haber constituido un bloque con Trotsky después de octubre de 1905. Las explicaciones de Martov, el talentoso publicista de los mencheviques, fueron tan bajas que llegó a plantear que fue necesario hacer concesiones a las “ilusiones revolucionarias” de las masas.
En Tiflis los agrupamientos se conformaron sobre las mismas bases principistas que en San Petersburgo. “Que se aplaste a la reacción –escribía Zordania, el dirigente de los mencheviques caucasianos–9 que se conquiste y se aplique la constitución, dependerá de la unificación consciente de las fuerzas del proletariado y de la burguesía y de su lucha en pro del objetivo común [...] Es cierto que el campesinado será arrastrado al movimiento infiriéndole un carácter elemental, pero sin embargo el rol decisivo lo jugarán estas dos clases, mientras que el campesinado llevará agua a su molino.” Lenin se burlaba de los temores de Zordania de que una política irreconciliable hacia la burguesía hunda a los obreros en la impotencia. Zordania “discute el problema del posible aislamiento del proletariado en la insurrección democrática y se olvida... del campesinado! Entre todos los posibles aliados del proletariado señala a los terratenientes liberales y se enamora de ellos. Y no señala a los campesinos. ¡Y eso en el Cáucaso!”.
La refutación de Lenin, aunque correcta en esencia, simplifica la cuestión en un aspecto. Zordania no se “olvidaba” del proletariado; como se desprende de la misma cita de Lenin, no podría haberlo olvidado en el Cáucaso, donde se estaba rebelando tumultuosamente bajo las banderas de los mencheviques. Zordania veía en el campesinado, sin embargo, no tanto un aliado político como un ariete histórico que podía ser utilizado por la burguesía aliada al proletariado. No creía que el campesinado pudiera transformarse en una fuerza dirigente, ni siquiera independiente, en la revolución; y en esto no se equivocaba. Pero tampoco creía que el proletariado pudiera llevar al triunfo la insurrección campesina; y aquí estaba su error fatal.
La idea menchevique de una alianza entre el proletariado y la burguesía significaba en realidad el sometimiento de los obreros y los campesinos a los liberales. El utopismo reaccionario de este programa estaba determinado por el hecho de que la avanzada desintegración de las clases negaba de antemano a la burguesía la posibilidad de constituirse en un factor revolucionario. En este aspecto fundamental tenían absoluta razón los bolcheviques: una alianza con la burguesía liberal inevitablemente pondría a la socialdemocracia en contra del movimiento revolucionario de los obreros y campesinos. En 1905 los mencheviques todavía no tenían el coraje suficiente como para sacar todas las conclusiones necesarias de su teoría de la revolución “burguesa”. En 1917 llevaron sus ideas hasta sus ultimas consecuencias y se rompieron la cabeza.
En el problema de la actitud hacia los liberales Stalin estuvo del lado de Lenin durante la primera revolución. Hay que aclarar que en esta época hasta la mayoría de la base menchevique estaba más cerca de Lenin que de Plejanov en lo tocante a la burguesía opositora. Era una tradición literaria en el radicalismo intelectual el desprecio a los liberales. Sería sin embargo tarea vana buscar en Koba [Stalin] una contribución independiente sobre esta cuestión, un análisis de las relaciones sociales en el Cáucaso, nuevos argumentos o siquiera una formulación nueva de los argumentos viejos. Zordania era mucho más independiente respecto a Plejanov que Stalin respecto a Lenin. “En vano intentan los Señores Liberales –escribía Koba después del 9 de enero– salvar el trono tambaleante del zar. ¡En vano le tienden la mano! [...] Las masas populares rebeladas se preparan para la revolución, no para la reconciliación con el zar [...] Sí señores, vuestros esfuerzos son inútiles. ¡La revolución rusa es inevitable, tan inevitable como que salga el sol! ¿Pueden ustedes evitar que salga el sol? ¡Esa es la cuestión!” Y etcétera, etcétera. Koba no fue más allá. Dos años y medio después, repitiendo a Lenin casi literalmente, escribía: “La burguesía liberal rusa es antirrevolucionaria. No puede ser la fuerza motriz ni, mucho menos, la dirigente de la revolución. Es el enemigo jurado de la revolución y se impone librar una lucha audaz contra ella.” Sin embargo, precisamente alrededor de este problema fundamental Stalin iba a sufrir una metamorfosis total durante los diez años siguientes. La Revolución de Febrero de 1917 lo encontró participando en un bloque con la burguesía liberal y en consecuencia hecho un campeón del planteo de la unidad con los mencheviques en un solo partido. Sólo la llegada de Lenin desde el extranjero puso punto final a la política independiente de Stalin, a la que calificó de caricatura del marxismo.
Los narodniki veían en los obreros y campesinos simplemente “trabajadores” y “explotados”, todos igualmente interesados en el socialismo. Los marxistas consideraban al campesino solamente un pequeño burgués que puede volverse socialista sólo en la medida en que deja, material o espiritualmente, de ser un campesino. Con el sentimentalismo que les era peculiar, los narodniki veían en esta caracterización sociológica un insulto moral al campesinado. Estas fueron, durante dos generaciones, las líneas generales de la principal lucha entre las tendencias revolucionarias de Rusia. Para comprender las polémicas posteriores entre el estalinismo y el trotskismo es necesario hacer notar una vez más que Lenin nunca, ni por un momento siquiera, consideró al campesinado un aliado socialista del proletariado. Por el contrario, planteaba la imposibilidad de la revolución socialista en Rusia porque partía de la preponderancia colosal del campesinado. Esta idea aparece en todos los artículos en los que se refiere directa o indirectamente a la cuestión agraria.
“Apoyamos al movimiento campesino –escribía Lenin en setiembre de 1905– en la medida en que es un movimiento democrático revolucionario. Nos preparamos (ahora, inmediatamente) a luchar contra él en la medida en que se desarrollará como un movimiento reaccionario, antiproletario. La esencia misma del marxismo reside en esta doble tarea....” Lenin consideraba aliados socialistas al proletariado occidental y parcialmente a los elementos semiproletarios de la aldea rusa, pero nunca al campesinado como tal. “Desde el principio apoyaremos, hasta las últimas consecuencias, apelando a todas las medidas, hasta a la confiscación –repetía con la insistencia que le era propia– al campesinado en general contra el terrateniente, y posteriormente (y ni siquiera posteriormente sino al mismo tiempo) apoyaremos al proletariado contra el campesinado en general.”
“El campesinado conquistará la revolución democrático-burguesa –escribía en marzo de 1906– y de esta manera agotará completamente su espíritu revolucionario. El proletariado conquistará la revolución democrático-burguesa y de esta manera desplegará verdaderamente su genuino espíritu revolucionario socialista.” “El movimiento campesino –repetía en mayo del mismo año– pertenece a una clase diferente. No es una lucha contra los fundamentos del capitalismo sino para liquidar los restos del feudalismo.” Se puede seguir en Lenin esta posición de uno a otro de sus artículos, año a año, tomo a tomo. Varían la forma de expresarse y los ejemplos, pero la idea básica sigue siendo la misma. No podía ser de otro modo. Si Lenin hubiera considerado al campesinado un aliado socialista, no tendría asidero su insistencia en el carácter burgués de la revolución y en la limitación de la “dictadura del proletariado y el campesinado” a tareas democráticas. En los casos en que Lenin acusó al autor de este libro de “subestimar” al campesinado no se refería, en absoluto, a mi no reconocimiento de las tendencias socialistas de éste. Por el contrario, lo que tenía en mente era mi no aceptación, incorrecta desde su punto de vista, de la independencia democrático-burguesa de ese sector, de su capacidad para crear su propio poder y por ende impedir la implantación de la dictadura socialista del proletariado.
La reconsideración de los conceptos en juego alrededor de este problema se inició recién con la reacción termidoreana, cuyos comienzos coincidieron aproximadamente con la enfermedad y la muerte de Lenin. Desde entonces se proclamó que la alianza de los obreros y los campesinos rusos constituía por sí misma una garantía suficiente contra los peligros de la restauración y un testimonio inmutable de la realización del socialismo dentro de las fronteras de la Unión Soviética. Al reemplazar la teoría de la revolución internacional por la del socialismo en un solo país, Stalin comenzó a considerar “trotskismo” la caracterización marxista del campesinado y, peor aun, refiriéndose no sólo al presente sino a todo el pasado.
Es admisible, por supuesto, plantearse si la concepción marxista clásica del campesinado se demostró errónea. Este tema nos llevaría mucho más allá de los límites de esta revisión. Basta con señalar aquí que el marxismo nunca otorgó a su caracterización del campesinado como clase no socialista un carácter absoluto y estático. El mismo Marx dijo que el campesinado no posee sólo supersticiones sino también la capacidad de razonar. Bajo condiciones variables también varía la índole del campesinado. El régimen de la dictadura del proletariado abrió posibilidades muy amplias de influir sobre el campesinado y reeducarlo.10 La historia todavía no agotó los límites de estas posibilidades.
Sin embargo, ahora ya está claro que el creciente rol que juega la coerción estatal en la URSS no refutó, sino confirmó fundamentalmente la actitud hacia el campesinado que distinguió a los marxistas rusos desde los narodnikis. Sin embargo, sea cual sea la situación actual al respecto, hoy, veinte años después de instaurado el nuevo régimen, es indiscutible que hasta la Revolución de Octubre, o más correctamente hasta 1924, ningún marxista, y Lenin menos que nadie, consideró al campesinado un factor socialista. Lenin repetía que sin la ayuda de la revolución proletaria en Occidente la restauración sería inevitable en Rusia. No estaba equivocado: la burocracia estalinista no es otra cosa que la restauración burguesa en Rusia.
Ya hemos analizado el punto de partida de cada una de las dos fracciones fundamentales de la socialdemocracia rusa. Pero paralelamente se formuló una tercera posición, ya con el despuntar de la primera revolución, que casi nadie aceptó en esos años.
Nos vemos obligados a plantearla aquí con la necesaria extensión, en parte porque los acontecimientos de 1917 la confirmaron. Pero sobre todo porque siete años después de la Revolución de Octubre esta concepción, luego de habérsela distorsionado al máximo, comenzó a jugar un papel totalmente imprevisto en la evolución de Stalin y del conjunto de la burocracia soviética.
A comienzos de 1905 se publicó en Ginebra un folleto de Trotsky. En él se analizaba la situación política tal como se daba en el invierno de 1904. El autor llegaba a la conclusión de que la campaña independiente de los liberales de petitorios y banquetes había agotado ya todas sus posibilidades; que la intelligentzia radical. que había puesto todas sus esperanzas en los liberales, estaba junto con éstos en un callejón sin salida; que el movimiento campesino estaba creando las condiciones favorables para la victoria pero era incapaz de garantizarlas– que sólo se podría llegar a una definición a través de una insurrección armada del proletariado; que la fase siguiente de este proceso sería la huelga general. El folleto se titulaba Antes del 9 de enero, porque fue escrito antes del Domingo Sangriento de San Petersburgo.11 La poderosa oleada de huelgas que estalló luego, junto con los enfrentamientos armados que complementaron las huelgas, fueron una confirmación inequívoca de las previsiones estratégicas de este folleto.
La introducción a mi trabajo la escribió Parvus, un emigrado ruso que en ese entonces se destacaba en Alemania como escritor.12 Parvus era una personalidad excepcionalmente creativa, tan capaz de asumir las ideas de los demás como de enriquecer a los demás con sus ideas. Le faltaba el equilibrio interno y el amor al trabajo necesarios para brindar al movimiento obrero la colaboración digna de su talento como pensador y escritor. Ejerció una influencia indudable en mi desarrollo personal, especialmente en lo que hace a la comprensión socialista revolucionaria de nuestra época. Unos años antes de nuestro primer encuentro Parvus había defendido apasionadamente en Alemania la idea de la huelga general; pero en ese entonces el país atravesaba un prolongado boom industrial, la socialdemocracia se había adaptado al régimen de los Hohenzollern;13 la propaganda revolucionaria de ese extranjero no tuvo más eco que una irónica indiferencia. Al conocer, dos días después de los sangrientos acontecimientos de San Petersburgo, el manuscrito de mi folleto, Parvus se sintió cautivado por la idea del rol excepcional que estaba destinado a jugar el proletariado en la atrasada Rusia.
Pasamos conversando esos pocos días que estuvimos juntos en Munich, que nos clarificaron muchas cosas a ambos y nos acercaron personalmente. La introducción al folleto escrita por Parvus entró entonces a formar parte de la historia de la revolución rusa. En pocas páginas iluminó las peculiaridades sociales de la Rusia atrasada; es cierto que ya se las conocía, pero nadie había planteado las conclusiones que se desprenden necesariamente de ellas.
“El radicalismo político de Europa occidental –escribió Parvus– se apoyaba, como ya se sabe, fundamentalmente en la pequeña burguesía. Esta estaba constituida por los artesanos y, en general, por ese sector de la burguesía que había sido atrapado por el desarrollo industrial pero al mismo tiempo hecho a un lado por la clase capitalista.... En Rusia, durante el período precapitalista, las ciudades avanzaron más según el modelo chino que el europeo. Eran centros administrativos, de carácter puramente burocrático, sin la menor importancia política, mientras que en términos económicos servían sólo de centros comerciales, de bazares, para los terratenientes y campesinos ricos de los alrededores. Su desarrollo era insignificante todavía cuando irrumpió el proceso capitalista, que comenzó a crear ciudades siguiendo su propio modelo, es decir, ciudades fabriles y centros del comercio mundial.... El mismo elemento que obstaculizó el avance de la democracia pequeñoburguesa favoreció la conciencia de clase del proletariado ruso, es decir, el débil desarrollo de las formas de producción artesanales. El proletariado se concentró inmediatamente en las fábricas....
“Los campesinos se pondrán en movimiento aun más masivamente. Pero ellos sólo pueden incrementar la anarquía política del país y, de este modo, debilitar al gobierno; no pueden constituir un compacto ejército revolucionario. Por lo tanto, con el desarrollo de la revolución el proletariado tendrá que encarar una tarea política cada vez mas amplia. Paralelamente, aumentarán su auto-conciencia y su energía políticas....
”La socialdemocracia se verá enfrentada a la disyuntiva de asumir la responsabilidad del gobierno provisional o separarse del movimiento obrero. Los obreros considerarán suyo este gobierno más allá de cómo se conduzca la socialdemocracia.... Los únicos que pueden producir el cambio revolucionario en Rusia son los obreros. El gobierno revolucionario provisional de Rusia será el gobierno de una democracia obrera. Si la socialdemocracia encabeza el movimiento revolucionario del proletariado ruso, este gobierno será socialdemócrata....
”El gobierno provisional socialdemócrata no podrá realizar la revolución socialista en Rusia, pero el mismo proceso de liquidación de la autocracia y establecimiento de la república democrática le proporcionará un terreno muy fértil para su trabajo.”
Me encontré una vez más con Parvus, esta vez en San Petersburgo, en el tumulto de los acontecimientos revolucionarios del otoño de 1905. Mientras nos manteníamos organizativamente independientes de ambas fracciones, editábamos juntos un periódico obrero de masas, Ruskoie Slovo [La Palabra Rusa], y en alianza con los mencheviques un periódico político, Nachalo [El Comienzo]. A menudo se relacionó la teoría de la revolución permanente con los nombres de “Parvus y Trotsky”. Esto era correcto sólo parcialmente. La época de apogeo revolucionario de Parvus fue el fin del siglo pasado, cuando encabezó la lucha contra el “revisionismo”, es decir la distorsión oportunista de la teoría de Marx. El fracaso de sus esfuerzos por empujar a la socialdemocracia alemana a una política más decidida minó su optimismo. Ante la perspectiva de la revolución socialista en Occidente Parvus empezó a reaccionar con reservas cada vez mayores. En esa época consideraba que “el gobierno provisional socialdemócrata no podrá realizar la revolución socialista en Rusia”. Sus previsiones no señalaban, por lo tanto, la transformación de la revolución democrática en socialista sino el establecimiento en Rusia de un régimen de democracia obrera del tipo del de Australia, donde, sobre el fundamento de una economía de agricultores, surgió por primera vez un gobierno laborista que no superó los marcos del régimen burgués.
Yo no compartía esta conclusión. La democracia australiana creció orgánicamente en la tierra virgen de un nuevo continente y asumió inmediatamente un carácter conservador, sometiendo a un proletariado joven pero bastante privilegiado. La democracia rusa, por el contrario, surgiría sólo como resultado de un grandioso vuelco revolucionario, cuya dinámica en ningún caso daría lugar al gobierno obrero a permanecer dentro de los límites de la democracia burguesa. Nuestras diferencias, que comenzaron poco después de la Revolución de 1905, terminaron en una ruptura total. A comienzos de la guerra, Parvus, en quien el escéptico había matado al revolucionario, se puso del lado del imperialismo alemán, y luego se convirtió en el consejero e inspirador del primer presidente de la república alemana, Ebert.14
Comenzando con el folleto Antes del 9 de enero, volví más de una vez al desarrollo y justificación de la teoría de la revolución permanente. En vista de la importancia que esta teoría adquirió posteriormente en la evolución ideológica del héroe de esta biografía, se me hace necesario presentarla aquí citando con exactitud mis trabajos de 1905 y 1906.
“El conjunto de la población de una ciudad moderna, por lo menos de las ciudades de cierta significación económico-política, lo constituye la clase netamente diferenciada del trabajador asalariado. Es precisamente esta clase, esencialmente desconocida durante la gran Revolución Francesa, la destinada a jugar el rol decisivo en nuestra revolución... En un país económicamente atrasado el proletariado puede llegar al poder antes que en un país capitalista avanzado. El supuesto de una especie de dependencia automática de la dictadura proletaria respecto a las fuerzas y recursos técnicos de un país es un prejuicio derivado de un materialismo ‘económico’ en extremo simplificado. Esa concepción no tiene nada en común con el marxismo... A pesar de que las fuerzas productivas de la industria de Estados Unidos son diez veces superiores a las nuestras, el rol político del proletariado ruso, su influencia en la política del país y su posible influencia en la política mundial son incomparablemente mayores que el rol y la significación del proletariado norteamericano....
“La revolución rusa, según nuestro punto de vista, creará las condiciones bajo las cuales el poder puede (y con el triunfo de la revolución debe) pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan oportunidad de desarrollar al máximo su genio de estadistas.... La burguesía rusa está entregando todas las posiciones políticas del proletariado. Del mismo modo tendrá que entregar a la dirección revolucionaria del campesinado. El proletariado en el poder aparecerá ante el campesinado como una clase emancipadora... El proletariado, apoyándose en el campesinado, pondrá todas sus fuerzas en juego para elevar el nivel cultural de la aldea y desarrollar la conciencia política de los campesinos.... ¿Pero acaso el campesinado pasará por encima del proletariado y ocupará su lugar? Es imposible. Toda la experiencia histórica se yergue contra esta presunción. Demuestra que el campesinado es completamente incapaz de jugar un rol político independiente.... De lo que ya dijimos resulta clara nuestra opinión sobre la idea de la ‘dictadura del proletariado y el campesinado’. El nudo de la cuestión no radica en si la admitimos o no en principio, en si consideramos ‘deseable’ o ‘indeseable’ esta forma de cooperación política. La consideramos irrealizable, al menos en un sentido directo e inmediato....”
Lo ya explicado demuestra lo erróneo de la afirmación, más adelante indefinidamente repetida, de que la concepción aquí presentada “saltaba por encima de la revolución burguesa”.
“La lucha por la renovación democrática de Rusia –escribí en esa época– ha surgido del capitalismo, las fuerzas que la conducen son producto del capitalismo y está dirigida directamente y ante todo contra los obstáculos que opone la servidumbre feudal al desarrollo de la sociedad capitalista.” La cuestión, sin embargo, era: ¿qué fuerzas y métodos pueden remover estos obstáculos? “Podemos poner punto final a las cuestiones que plantea la revolución afirmando que la nuestra es burguesa por sus fines objetivos y en consecuencia por sus resultados inevitables. Corremos entonces el peligro de cerrar los ojos ante el hecho de que el principal agente de esta revolución burguesa es el proletariado, y de que todo el proceso de la revolución empujará a éste al poder.... Podemos tranquilizarnos con la idea de que las condiciones sociales de Rusia no están maduras todavía para una economía socialista, y negamos así a considerar el hecho de que el proletariado, una vez en el poder, se verá inevitablemente empujado, por la misma lógica de su situación, a introducir una economía controlada por el estado.... El mismo acto de entrar al gobierno no como huéspedes impotentes sino como fuerza dirigente permitirá a los representantes del proletariado quebrar los límites entre el programa mínimo y el máximo, es decir, poner el colectivismo a la orden del día. En qué punto se detendrá el proletariado dependerá de la relación de fuerzas, no de las intenciones originales de su partido....
“Pero no es demasiado pronto para plantearse este problema: ¿Debe inevitablemente restringirse a los límites de la revolución burguesa la dictadura del proletariado? ¿No puede plantearse, sobre las bases histórico-mundiales existentes, alcanzar la victoria rompiendo esos límites?... De una cosa podemos estar seguros: sin el apoyo estatal directo del proletariado europeo la clase obrera de Rusia no podrá permanecer en el poder ni convertir su gobierno temporario en una dictadura socialista prolongada...” De aquí, sin embargo, no se desprende en absoluto un pronóstico pesimista: “La emancipación política encabezada por la clase obrera de Rusia la eleva como dirigente a alturas históricas sin precedentes, le otorga fuerzas y recursos locales v la convierte en pionera de la liquidación mundial del capitalismo, para la que la historia creó todos los requisitos objetivos necesarios....”
Sobre las posibilidades de que la socialdemocracia cumpla con este objetivo histórico, yo escribía en 1906: “Los partidos socialistas europeos –sobre todo el más poderoso de ellos, el alemán– han elaborado su propio conservadurismo. A medida que masas cada vez más amplias se acercan al socialismo y que la organización y disciplina de estas masas aumenta, este conservadurismo también se incrementa. A causa de ello la socialdemocracia, como organización que encarna la experiencia política del proletariado, puede transformarse en un momento determinado en un obstáculo directo en el camino del conflicto abierto entre los obreros y la reacción burguesa ...” Concluía mi análisis, sin embargo, expresando mi plena seguridad de que “la revolución oriental llenará al proletariado occidental de idealismo revolucionario y despertará en él el deseo de hablar con su enemigo ‘en ruso’...”
Recapitulemos. El narodnikismo, cuando el surgimiento de los eslavófilos, partió de ilusiones respecto a los caminos absolutamente originales que seguiría el desarrollo ruso y dejaba de lado el capitalismo y la república burguesa. El marxismo de Plejanov hacía el eje en demostrar la identidad de principios entre las vías históricas de Rusia y las de Occidente. El programa que de aquí se derivaba ignoraba el conjunto de las peculiaridades de la estructura social y el desarrollo histórico de Rusia, reales y para nada místicas. La actitud de los mencheviques hacia la revolución, jalonada de desviaciones episódicas o individuales, se reduce a lo siguiente: el triunfo de la revolución burguesa en Rusia se concibe sólo bajo la dirección de la burguesía liberal y debe entregarle a ésta el poder. El régimen democrático permitirá entonces al proletariado ruso aliarse con sus hermanos mayores de Occidente en la lucha por el socialismo con un éxito incomparablemente mayor que el obtenido hasta entonces.
La perspectiva de Lenin puede expresarse brevemente como sigue: la retrasada burguesía rusa es incapaz de llevar hasta el final su propia revolución. La victoria total de la revolución por medio de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” liquidará del país el medievalismo, investirá el desarrollo del capitalismo ruso de un ritmo norteamericano, fortalecerá al proletariado de la ciudad y el campo y abrirá amplias posibilidades a la lucha por el socialismo. Por otra parte, el triunfo de la revolución rusa dará un fuerte impulso a la revolución socialista en Occidente, la que alejará de Rusia el peligro de restauración y permitirá al proletariado ruso conquistar el poder en un lapso histórico relativamente breve.
La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse en estas palabras: la victoria total de la revolución democrática en Rusia es inconcebible de otra manera que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occidente evitará la restauración burguesa y permitirá construir el socialismo hasta sus últimas consecuencias.
Esta formulación concisa revela con idéntica claridad tanto la similitud de las dos últimas en su oposición irreconciliable a la perspectiva liberal-menchevique así como sus diferencias, en extremo esenciales, sobre la cuestión del carácter social y las tareas de la “dictadura” que surgiría de la revolución. La objeción, frecuentemente repetida, de los actuales teóricos de Moscú de que el programa de la dictadura del proletariado era “prematuro” en 1905 carece totalmente de sentido. La experiencia demostró que el programa de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” era igualmente “prematuro”. La relación de fuerzas desfavorable en la época de la primera revolución hacía imposible, no la dictadura del proletariado como tal sino, en general, el triunfo de la revolución. Mientras tanto, todas las tendencias revolucionarias cifraban sus esperanzas en la victoria total: sin esa esperanza sería imposible la lucha revolucionaria sin trabas. Las diferencias se referían a las perspectivas generales de la revolución y a las diferencias estratégicas que de allí se deducían. La perspectiva menchevique era falsa hasta la médula; señalaba al proletariado un camino totalmente erróneo. La del bolchevismo no era completa: señalaba correctamente la orientación general de la lucha pero caracterizaba incorrectamente sus etapas. La debilidad de la perspectiva bolchevique no se reveló en 1905 sólo porque la misma revolución no siguió desarrollándose. Pero a comienzos de 1917 Lenin, en lucha abierta contra los cuadros más viejos del partido, se vio obligado a cambiar de perspectiva.
En política no se puede pretender pronósticos tan exactos como en astronomía. Es suficiente si indican correctamente la línea general de desarrollo y ayudan a orientarse en el curso real de los acontecimientos, cuya línea básica oscila inevitablemente a derecha o izquierda. En este sentido es imposible no reconocer que la concepción de la revolución permanente ha pasado bien el examen de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie la negó expresamente; por el contrario, se la aceptaba en cantidad de publicaciones oficiales. Pero, cuando la reacción burocrática contra Octubre se abrió paso en la pasiva y osificada cúpula de la sociedad soviética, desde un comienzo atacó esta teoría. Es que ella reflejaba más acabadamente que ninguna otra la primera revolución proletaria de la historia y a la vez el carácter incompleto, limitado y parcial de ésta. Así, por oposición, se originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del estalinismo. ■
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1 “Tres concepciones de la revolución rusa”. Traducido de la versión en inglés publicada en la revista Cuarta Internacional, noviembre de 1942. En otra traducción, aparece como apéndice a la biografía de Stalin escrita por Trotsky. La intención original de Trotsky había sido incluir el material citado como un capítulo de su biografía de Lenin, que comenzó mientras estaba exiliado en Francia, pero que nunca completó.
2 La revolución de 1905 en Rusia se extendió debido al descontento por la guerra ruso-japonesa. Culminó con la instalación del Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo en octubre, y fue aplastada por el zar en diciembre (ver 1905, León Trotsky).
3 Los narodniki (populistas), el movimiento de intelectuales rusos que realizó actividades en el campesinado entre 1876 y 1879, ano en que se dividió en dos partidos: uno anarquista, quefue aplastado después del asesinato del zar Alejandro II en 1881; el otro conducido por George Plejanov (1856-1918), que se dividió de nuevo, convirtiéndose el grupo de Plejanov al marxismo; el otro grupo constituyó el Partido Socialista Revolucionario, de base campesina. Plejanov llegó a ser un líder de la fracción menchevique en la socialdemocracia rusa después de 1903.
4 La Revolución de Febrero (de 1917) en Rusia derribó al zar y estableció el gobierno provisional burgués, que mantuvo el poder hasta que la Revolución de Octubre llevó a los soviets, bajo la conducción del Partido Bolchevique, al poder.
5 Paul Axelrod (1850-1925): fue uno de los primeros dirigentes de la socialdemocracia rusa y editor de Iskra. Se hizo menchevique en 1903.
6 Los demócratas constitucionales rusos, llamados cadetes, eran el partido liberal que promovía una monarquía constitucional en Rusia o incluso, finalmente, una república. Era un partido de terratenientes progresivos, mediana burguesía e intelectuales burgueses.
7 Después del aplastamiento del Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo en diciembre de 1905, los obreros de Moscú y de San Petersburgo protestaron a través de huelgas y barricadas estallaron también revueltas en Siberia, las provincias bálticas y el Cáucaso. Junto con el aplastamiento de los levantamientos, el gobierno preparó las elecciones para la Primera Duma (parlamento), que se celebraron en marzo de 1906.
8 Pavel Miliukov (1859-1943): líder de los cadetes, fue ministro de relaciones exteriores del gobierno provincial ruso, de marzo a mayo de 1917, y un prominente enemigo de la revolución bolchevique. El Palacio de Invierno era la residencia de invierno del zar. Después de la Revolución de Febrero, se convirtió en la sede del gobierno provisional.
9 Noah N. Zordania (1870-1953): líder menchevique, fue jefe de la República de Georgia, vasallo de los imperialistas ingleses y alemanes, después de octubre de 1917. En 1921, luego del triunfo del Ejército Rojo en Georgia, emigró a París.
10 Dictadura del proletariado, el término marxista para el dominio de la clase obrera que sucederá al de la clase capitalista (la dictadura de la burguesía).
11 Domingo Sangriento: el 9 de enero de 1905, cuando las tropas zaristas hicieron fuego sobre una marcha pacífica de obreros de San Petersburgo que portaban un petitorio de derechos democráticos para el zar y mataron a cientos de personas. Las huelgas masivas que sobrevinieron en toda Rusia marcaron el comienzo de la Revolución de 1905.
12 A.L. Parvus (1869-1924) fue un prominente propagandista teórico marxista en el período anterior a la primera guerra mundial. Trotsky rompió con él en 1914, cuando se convirtió en uno de los líderes del ala pro belicista de la socialdemocracia alemana.
13 Hohenzollern fue el nombre de la familia gobernante de Prusia y Alemania hasta 1918.
14 Friedrich Ebert (1871-1925): líder del ala derecha de la socialdemocracia alemana. Como canciller dirigió con Scheidemann el aplastamiento de la revolución de noviembre de 1918, ejecutando a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y otros revolucionarios alemanes. Fue presidente de la República de Weimar de 1919 a 1925.
martes, 4 de mayo de 2010
TRES FUENTES Y TRES PARTES INTEGRANTES DEL MARXISMO
V. I. Lenin
La doctrina de Marx suscita en todo el mundo civilizado la mayor hostilidad y el odio de toda la ciencia burguesa (tanto la oficial como la liberal), que ve en el marxismo algo así como una "secta perniciosa". Y no puede esperarse otra actitud, pues en una sociedad que tiene como base la lucha de clases no puede existir una ciencia social "imparcial". De uno u otro modo, toda la ciencia oficial y liberal defiende la esclavitud asalariada, mientras que el marxismo ha declarado una guerra implacable a esa esclavitud. Esperar que la ciencia sea imparcial en una sociedad de esclavitud asalariada, sería la misma absurda ingenuidad que esperar imparcialidad por parte de los fabricantes en lo que se refiere al problema de si deben aumentarse los salarios de los obreros disminuyendo los beneficios del capital.
Pero hay más. La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al "sectarismo", en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida
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al margen de la vía principal que ha seguido el desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, lo genial en Marx es, precisamente, que dio respuesta a los problemas que el pensamiento de avanzada de la humanidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.
La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.
Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integrantes.
I
La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se desarrolló la batalla decisiva contra toda la escoria medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia empeñaron todos sus esfuerzos para tratar de "refutar", minar, difamar el materialismo y salieron en defensa de las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce
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siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión.
Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base. En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que -- al igual que el Manifiesto Comunista -- son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones.
Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales -- el radio, los electrones, la trasformación de los elementos -- son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses, y sus "nuevos" retornos al viejo y decadente idealismo.
Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las
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fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.
Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado.
La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber.
II
Después de haber comprendido que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Capital, está con sagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista.
La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de
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toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.
Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.
La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx.
El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno, donde la superioridad de la gran agricultura capitalista es acrecentada, aumenta el empleo de maquinaria, y la economía campesina, atrapada por el capital monetario, languidece y se arruina bajo el peso de su técnica atrasada. En la agricultura la decadencia de la pequeña producción asume otras formas, pero es un hecho indiscutible.
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Al azotar la pequeña producción, el capital lleva al aumento de la productividad del trabajo y a la creación de una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social -- cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico sistemático --, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población.
Al aumentar la dependencia de los obreros hacia el capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto.
Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción.
Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx.
El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.
III
Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la "libre" sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron in-
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mediatamente diversas doctrinas socialistas. Sin embargo, el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.
Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, no podía descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.
Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.
El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo
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viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden -- y, por su situación social, deben -- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.
Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proíetariado en el régimen general del capitalismo.
En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el Africa del Sur, se multiplican organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.
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La doctrina de Marx suscita en todo el mundo civilizado la mayor hostilidad y el odio de toda la ciencia burguesa (tanto la oficial como la liberal), que ve en el marxismo algo así como una "secta perniciosa". Y no puede esperarse otra actitud, pues en una sociedad que tiene como base la lucha de clases no puede existir una ciencia social "imparcial". De uno u otro modo, toda la ciencia oficial y liberal defiende la esclavitud asalariada, mientras que el marxismo ha declarado una guerra implacable a esa esclavitud. Esperar que la ciencia sea imparcial en una sociedad de esclavitud asalariada, sería la misma absurda ingenuidad que esperar imparcialidad por parte de los fabricantes en lo que se refiere al problema de si deben aumentarse los salarios de los obreros disminuyendo los beneficios del capital.
Pero hay más. La historia de la filosofía y la historia de la ciencia social muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al "sectarismo", en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida
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al margen de la vía principal que ha seguido el desarrollo de la civilización mundial. Por el contrario, lo genial en Marx es, precisamente, que dio respuesta a los problemas que el pensamiento de avanzada de la humanidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.
La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.
Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integrantes.
I
La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se desarrolló la batalla decisiva contra toda la escoria medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia empeñaron todos sus esfuerzos para tratar de "refutar", minar, difamar el materialismo y salieron en defensa de las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce
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siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión.
Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base. En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que -- al igual que el Manifiesto Comunista -- son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones.
Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales -- el radio, los electrones, la trasformación de los elementos -- son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses, y sus "nuevos" retornos al viejo y decadente idealismo.
Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las
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fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.
Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado.
La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber.
II
Después de haber comprendido que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Capital, está con sagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista.
La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de
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toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.
Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.
La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx.
El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno, donde la superioridad de la gran agricultura capitalista es acrecentada, aumenta el empleo de maquinaria, y la economía campesina, atrapada por el capital monetario, languidece y se arruina bajo el peso de su técnica atrasada. En la agricultura la decadencia de la pequeña producción asume otras formas, pero es un hecho indiscutible.
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Al azotar la pequeña producción, el capital lleva al aumento de la productividad del trabajo y a la creación de una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social -- cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico sistemático --, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población.
Al aumentar la dependencia de los obreros hacia el capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto.
Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción.
Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx.
El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.
III
Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la "libre" sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron in-
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mediatamente diversas doctrinas socialistas. Sin embargo, el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.
Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, no podía descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.
Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.
El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo
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viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden -- y, por su situación social, deben -- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.
Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proíetariado en el régimen general del capitalismo.
En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el Africa del Sur, se multiplican organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.
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LA GUERRA DE GUERRILLAS
V. I. Lenin
Primera publicación: En Proletari, núm. 5, 30 de septiembre de 1906.
La cuestión de la acción guerrillera es de sumo interés para nuestro Partido y para las masas obreras. Ya nos hemos referido de paso a ella más de una vez, y ahora, tal como lo habíamos prometido, nos proponemos ofrecer una exposición más completa de nuestras ideas al respecto.
I
Comencemos por el principio. ¿Cuáles son las exigencias fundamentales que todo marxista debe presentar para el análisis de la cuestión de las formas de lucha? En primer lugar, el marxismo se distingue de todas las formas primitivas del socialismo pues no liga el movimiento a una sola forma determinada de lucha. El marxismo admite las formas más diversas de lucha; además, no las "inventa", sino que generaliza, organiza y hace conscientes las formas de lucha de las clases revolucionarias que aparecen por sí mismas en el curso del movimiento. El marxismo, totalmente hostil a todas las fórmulas abstractas, a todas las recetas doctrinas, exige que se preste mucha atención a la lucha de masas en curso que, con el desarrollo del movimiento, el crecimiento de la conciencia de las masas y la agudización de las crisis económicas y políticas, engendra constantemente nuevos y cada vez más diversos métodos de defensa y ataque. Por esto, el marxismo no rechaza categóricamente ninguna forma de lucha El marxismo no se limita, en ningún caso, a las formas de lucha posibles y existentes sólo en un momento dado, admitiendo la aparición inevitable de formas de lucha nuevas, desconocidas de los militantes de un período dado, al cambiar la coyuntura social. El marxismo, en este sentido, aprende, si puede decirse así, de la práctica de las masas, lejos de pretender enseñar a las masas formas de lucha inventadas por "sistematizadores" de gabinete. Sabemos -- decía, por ejemplo, Kautsky, al examinar las formas de la revolución social -- que la próxima crisis nos traerá nuevas formas de lucha que no podemos prever ahora.
En segundo lugar, el marxismo exige que la cuestión de las formas de lucha sea enfocada históricamente. Plantear esta cuestión fuera de la situación histórica concreta significa no comprender el abecé del materialismo dialéctico. En los diversos momentos de la evolución económica, según las diferentes condiciones políticas, cultural-nacionales, costumbrales, etc., aparecen en primer plano distintas formas de lucha, y se convierten en las formas de lucha principales; y, en relación con esto, se modifican a su vez las formas de lucha secundarias, accesorias. Querer responder sí o no a propósito de un determinado procedimiento de lucha, sin examinar en detalle la situación concreta de un movimiento dado, la fase dada de su desenvolvimiento, significa abandonar completarnente la posición del marxismo.
Estos son los dos principios teóricos fundamentales que deben guiarnos. La historia del marxismo en Europa Occidental nos suministra innumerables ejemplos que confirman lo dicho. La socialdemocracia europea considera, en el momento actual, el parlamentarismo y el movimiento sindical como las principales formas de lucha; en el pasado reconocía la insurrección y está plenamente dispuesta a reconocerla en el porvenir si la situación cambia, pese a la opinión de los liberales burgueses, como los kadetes1 y los bezzaglavtsi2 rusos. La socialdemocracia negaba la huelga general en la década del 70 como panacea social, como medio para derribar de golpe a la burguesía por la vía no política, pero admite plenamente la huelga política de masa (sobre todo, después de la experiencia rusa de 1905) como uno de los procedimientos de lucha, indispensable en ciertas condiciones. La socialdemocracia, que admitía la lucha de barricadas en la década del 40 del siglo XIX, y la rechazaba, basándose en datos concretos, a fines del siglo XIX, se ha declarado plenamente dispuesta a revisar esta última opinión y a reconocer la conveniencia de la lucha de barricadas después de la experiencia de Moscú, que ha iniciado según las palabras de Kautsky, una nueva táctica de las barricadas.
II
Establecidos los principios generales del marxismo, pasemos a la revolución rusa. Recordemos el desarrollo histórico de las formas de lucha que ha hecho aparecer. Primero, las huelgas económicas de los obreros (1896-1900), después, las manifestaciones políticas de obreros y estudiantes (1901-1902), las revueltas campesinas (1902), el principio de las huelgas políticas de masas combinadas de diversos modos con las manifestaciones (Rostov 1902, las huelgas del verano de 1903, el 9 de enero de 1905), la huelga política en toda Rusia con casos locales de combates de barricadas (octubre de 1905), la lucha masiva de barricadas y la insurrección armada (diciembre de 1905), la lucha parlamentaria pacífica (abril-junio de 1906), los alzamientos militares parciales (junio de 1905-julio de 1906), las sublevaciones parciales de campesinos (otoño de 1905-otoño de 1906). Tal es el estado de cosas en el otoño de 1906, desde el punto de vista de las formas de lucha en general. La forma de lucha con que la autocracia "contesta" es el pogromo de las centurias negras, comenzando por el de Kishiniov en la primavera de 1903, y terminando por el de Siedlce en el otoño de 1906. Durante todo este período la organización de pogromos por las centurias negras y las matanzas de judíos, estudiantes, revolucionarios, obreros conscientes han ido constantemente en aumento y se han ido perfeccionando, uniéndose la violencia de la chusma sobornada a la violencia de las tropas centurionegristas, llegando hasta utilizar la artillería en aldeas y ciudades, en combinación con expediciones punitivas, trenes de represión, etc.
Tal es el fondo esencial del cuadro. Sobre este fondo se dibuja -- evidentemente como algo particular, secundario, accesorio -- el fenómeno a cuyo estudio y apreciación está consagrado el presente artículo. ¿En qué consiste este fenómeno? ¿Cuáles son sus formas? y ¿cuáles sus causas? ¿Cuándo surgió y hasta dónde se ha extendido? ¿Cuál su significación en la marcha general de la revolución? ¿Cuáles son sus relaciones con la lucha de la clase obrera, organizada y dirigida por la socialdemocracia? Estas son las cuestiones que debemos abordar ahora, después de haber bosquejado el fondo general del cuadro.
El fenómeno que nos interesa es la lucha armada. Sostienen esta lucha individuos aislados y pequeños grupos. Unos pertenecen a las organizaciones revolucionarias otros (la mayoría, en cierta parte de Rusia) no pertenecen a ninguna organización revolucionaria. La lucha armada persigue dos fines diferentes, que es preciso distinguir rigurosamente : en primer lugar, esta lucha se propone la ejecución de personas aisladas, de los jefes y subalternos de la policía y del ejército; en segundo lugar, la confiscación de fondos pertenecientes tanto al gobierno como a particulares. Parte de las sumas confiscadas va al partido, parte está consagrada especialmente al armamento y a la preparación de la insurrección, parte a la manutención de los que sostienen la lucha que caracterizamos. Las grandes expropiaciones (la del Cáucaso, de más de 200.000 rublos; la de Moscú, de 875.000 rubios) estaban destinadas precisamente a los partidos revolucionarios ante todo; las pequeñas expropiaciones sirven en primer lugar, e incluso a veces enteramente, al sostenimiento de los "expropiadores". Esta forma de lucha ha tomado un amplio desarrollo y extensión, indudablemente, tan sólo en 1906, es decir, después de la insurrección de diciembre. La agudización de la crisis política hasta llegar a la lucha armada y, sobre todo, la agravación de la miseria, del hambre y del paro en las aldeas y en las ciudades han desempeñado un importante papel entre las causas que han originado la lucha de que tratamos. El mundo de los vagabundos, el "lumpenproletariat" y los grupos anarquistas han adoptado esta forma de lucha como la forma principal y hasta exclusiva de lucha social. Como forma de lucha empleada en "respuesta" por la autocracia, hay que considerar: el estado de guerra, la movilización de nuevas tropas, los pogromos de las centurias negras (Siedlce) y los consejos de guerra.
III
El juicio habitual sobre la lucha que estamos describiendo, se reduce a lo siguiente: esto es anarquismo, blanquismo, el antiguo terrorismo, actos de individuos aislados de las masas que desmoralizan a los obreros, que apartan de ellos a los amplios círculos de la población, desorganizan el movimiento y perjudican a la revolución. En los hechos comunicados todos los días por los periódicos se encuentran, sin dificultad, ejemplos para confirmar este juicio.
Pero ¿son convincentes estos ejemplos? Para comprobarlo tomemos el hogar en que esta forma de lucha está más desarrollada: la región de Letonia. He aquí en qué términos se lamenta Nóvoie Vremia3 (del 9 y del 12 de septiembre), de la actividad de la socialdemocracia letona. El Partido Obrero Socialdemócrata Letón (sección del POSDR) publica regularmente 30.000 ejemplares de su periódico; en las columnas de anuncios de éste se publican listas de confidentes cuya supresión constituye un deber para cada hombre honrado; los que ayudan a la policía son declarados "enemigos de la revolución" y deben ser ejecutados, y, además, confiscados sus bienes; se llama a la población a no dar dinero para el Partido Socialdemócrata más que contra recibo sellado; en la última rendición de cuentas del Partido figuran, entre los 48.000 rublos de ingreso del año, 5.600 rublos de la sección de Libava para la compra de armas, procurados mediante expropiaciones. Como es natural, Nóvoie Vremia lanza rayos y centellas contra esta "legislación revolucionaria", contra este "gobierno de terror".
Nadie se atreverá a calificar de anarquismo, de blanquismo, de terrorismo, estas acciones de los socialdemócratas letones. Pero, ¿por qué? Porque en este caso es evidente la relación de la nueva forma de lucha con la insurrección que estalló en diciembre y que madura de nuevo. En lo que concierne a toda Rusia, esta relación no es tan perceptible, pero existe. La extensión de la lucha de "guerrillas", precisamente después de diciembre, su relación con la agravación de la crisis no sólo económica, sino también política, son innegables. El viejo terrorismo ruso era obra del intelectual conspirador; ahora, la lucha de guerrillas la mantiene, por regla general, el obrero combatiente o simplemente el obrero sin trabajo. Blanquismo y anarquismo se les ocurren fácilmente a gentes que gustan de los clichés, pero en la atmósfera de insurrección, que de un modo tan evidente existe en la región de Letonia, es indudable que estas etiquetas aprendidas de memoria no tienen ningún valor.
El ejemplo de los letones demuestra perfectamente que el método, tan común entre nosotros, de analizar la guerra de guerrillas al margen de las condiciones de una insurrección, es incorrecto, anticientífico y antihistórico. Hay que tener en cuenta esta atmósfera insurreccional, reflexionar sobre las particularidades del período transitorio entre los grandes actos de la insurrección, comprender qué formas de lucha surgen necesariamente como consecuencia de ello y no salir del paso con un surtido de palabras aprendidas de memoria, que son empleadas lo mismo por los kadetes y por la gente de Nóvoie Vremia : ¡anarquismo, pillaje, rufianismo!
Las operaciones de guerrillas, se dice, desorganizan nuestro trabajo. Apliquemos este razonamiento a la situación creada después de diciembre de 1905, a la época de los pogromos de las centurias negras y de la ley marcial. ¿Qué es lo que desorganiza más el movimiento en dicha época: la falta de resistencia o bien la lucha organizada de los guerrilleros? Comparad la Rusia Central con sus confines del Oeste, con Polonia y la región de Letonia. La lucha de guerrillas ha adquirido indudablemente mucha más difusión y desarrollo en esos confines occidentales. Y es no menos innegable que el movimiento revolucionario en general y el movimiento socialdemócrata en particular, están más desorgenizados en la Rusia Central que en las regiones del Oeste. Evidentemente, ni siquiera se nos ocurre la idea de deducir que si los movimientos socialdemócratas polaco y letón están menos desorganizados es gracias a la guerra de guerrillas. No. La única conclusión que se desprende de ello es que no puede imputarse a la guerra de guerrillas el estado de desorganización del movimiento obrero socialdemócrata en la Rusia de 1906.
Se invocan frecuentemente las particularidades de las condiciones nacionales, lo cual revela manifiestamente la debilidad de la argumentación corriente. Si se trata de las condiciones nacionales, es que no se trata de anarquismo, de blanquismo, de terrorismo -- pecados comunes a toda Rusia e incluso específicamente rusos --, sino de algo diferente. ¡Analizad este algo diferente de un modo concreto, señores! Veréis entonces que la opresión o el antagonismo nacionales no explican nada, pues siempre han existido en los confines occidentales, mientras que la lucha de guerrillas ha sido engendrada solamente por el período histórico actual. Hay muchos sitios en que existen la opresión y el antagonismo nacionales, pero no la lucha de guerrillas, que se desarrolla a veces sin que se dé la opresión nacional. Un análisis concreto de la cuestión muestra que no es del yugo nacional de lo que se trata, sino de las condiciones de la insurrección. La lucha de guerrillas es una forma inevitable de lucha en un momento en que el movimiento de masas ha llegado ya realmente a la insurrección y en que se producen intervalos más o menos considerables entre "grandes batallas" de la guerra civil.
No son las acciones de guerrillas las que desorganizan el movimiento, sino la debilidad del Partido, que no sabe tomar en sus manos tales acciones. Por eso, entre nosotros, los rusos, los anatemas lanzados habitualmente contra las acciones de guerrillas, coinciden con acciones de guerrillas clandestinas, accidentales, no organizadas, que realmente desorganizan al Partido. Incapaces de comprender cuáles son las condiciones históricas que engendran esta lucha, somos igualmente incapaces de contrarrestar sus aspectos perjudiciales. La lucha no por eso deja de continuarse, pues la provocan potentes factores económicos y políticos. No tenemos fuerza para suprimir estos factorcs ni esta lucha. Nuestras quejas contra la lucha de guerrillas son quejas contra la debilidad de nuestro Partido en materia de insurrección.
Lo que hemos dicho de la desorganización se aplica también a la desmoralización. No es la guerra de guerrillas lo que desmoraliza, sino el carácter inorganizado, desordenado, sin partido de las acciones de guerrillas. De esta evidentísima desmoralización no nos salvaremos ni un ápice condenando o maldiciendo las acciones de guerrillas; pues estas condenaciones y maldiciones son absolutamente impotentes para detener un fenómeno provocado por causas económicas y políticas profundas. Se nos objetará que si somos incapaces de detener un fenómeno anormal y desmoralizador, esto no es razón para que el Partido adopte procedimientos de lucha anormales y desmoralizadores. Pero tal objeción sería puramente liberal-burguesa y no marxista, pues un marxista no puede considerar en general anormales y desmoralizadoras la guerra civil o la guerra de guerrillas, como una de sus formas. Un marxista se basa en la lucha de clases y no en la paz social. En ciertos períodos de crisis económicas y políticas agudas, la lucha de clases, al desenvolverse, se transforma en guerra civil abierta, es decir, en lucha armada entre dos partes del pueblo. En tales períodos, el marxista está obligado a tomar posición por la guerra civil. Toda condenación moral de ésta es completamente inadmisible desde el punto de vista del marxismo.
En una época de guerra civil, el ideal del Partido del proletariado es un partido de combate. Esto es absolutamente incontrovertible. Estamos completamente dispuestos a conceder que, desde el punto de vista de la guerra civil se puede demostrar, y se demuestra, la inconveniencia de unas u otras formas de guerra civil en uno u otro momento. Admitimos plenamente la crítica de las diversas formas de guerra civil desde el punto de vista de la conveniencia militar y estamos incondicionalmente de acuerdo en que, en esta cuestión, el voto decisivo corresponde a los militantes activos socialdemócratas de cada localidad. Pero, en nombre de los principios del marxismo, exigimos absolutamente que nadie intente sustraerse al análisis de las condiciones de la guerra civil con frases triviales y rutinarias sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo; que no se haga de los procedimientos insensatos empleadGs en la guerra de guerrillas en un cierto momento por cierta organización del Partido Socialista Polaco, un espantajo en la cuestión de la participación de la socialdemocracia en la guerra de guerrillas en general.
El argumento de que la guerra de guerrillas desorganiza el movimiento debe ser apreciado de manera crítica. Toda forma nueva de lucha, que trae aparejada consigo nuevos peligros y nuevos sacrificios, "desorganiza", indefectiblemente, las organizaciones no preparadas para esta nueva forma de lucha. Nuestros antiguos círculos de propagandistas se desorganizaron al recurrir a los métodos de agitación. Nuestros comités se desorganizaron al recurrir a las demostraciones. En toda guerra, cualquier operación lleva un cierto desorden a las filas de los combatientes. De esto no puede deducirse que no hay que combatir. De esto es preciso deducir que hay que aprender a combatir. Y nada más.
Cuando veo a socialdemócratas que declaran arrogante y presuntuosamente: nosotros no somos anarquistas, ni ladrones, ni bandidos; estamos por encima de todo eso, rechazamos la guerra de guerrillas, me pregunto: ¿comprenden esas gentes lo que dicen? En todo el país se libran encuentros armados y choques entre el gobierno centurionegrista y la población. Es un fenómeno absolutamente inevitable en la fase actual de desarrollo de la revolución. Espontáneamente, sin organización -- y, precisamente por eso, en formas a menudo poco afortunadas y malas --, la población reacciona también mediante colisiones y ataques armados. Estoy de acuerdo en que, a causa de la debilidad o de la falta de preparación de nuestra organización, podemos renunciar, en una localidad y en un momento dado, a colocar esta lucha espontánea bajo la dirección del Partido. Estoy de acuerdo en que esta cuestión debe ser resuelta por los militantes locales activos, en que no es cosa fácil reajustar el trabajo de organizaciones débiles y no preparadas. Pero cuando veo que un teórico o que un publicista de la socialdemocracia, no lamenta esta falta de preparación, sino que repite con orgullosa suficiencia y entusiasmo narcisista las frases aprendidas en su primera juventud sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo, me causa una gran pena el ver rebajar así la doctrina más revolucionaria del mundo.
Se dice que la guerra de guerrillas aproxima al proletariado consciente a la categoría de los vagabundos borrachines y degradados. Es cierto. Pero de esto sólo se desprende que el partido del proletariado no puede nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni siquiera como el principal procedimiento de lucha; que este procedimiento debe estar subordinado a los otros, debe ser proporcionado a los procedimientos esenciales de lucha, ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los procedimientos de lucha, en la sociedad burguesa, aproximan al proletariado a las diversas capas no proletarias, situadas por encima o por debajo de él, y, abandonados al curso espontáneo de los acontecimientos, se desgastan, se pervierten, se prostituyen. Las huelgas, abandonadas al censo espontáneo de los acontecimientos, degeneran en Alliances, en acuerdos entre obreros y patronos contra los consumidores. El parlamento degenera en un burdel, donde una banda de politicastros burgueses comercia al por mayor y al por menor con la "libertad popular", el "liberalismo", la "democracia", el republicanismo, el anticlericalismo, el socialismo y demás mercancías de fácil colocación. La prensa se transforma en alcahueta barata, en instrumento de corrupción de las masas, de adulación grosera de los bajos instintos de la muchedumbre, etc., etc. La socialdemocracia no conoce procedimientos de lucha universales que separen al proletariado con una muralla china de las capas situadas un poco más arriba o un poco más abajo de él. La socialdemocracia emplea, en diversas épocas, diversos procedimientos, rodeando siempre su aplicación de condiciones ideológicas y de organización rigurosamente determinadas*.
IV
Las formas de lucha de la revolución rusa, comparadas con las revoluciones burguesas de Europa, se distinguen por su extraordinaria variedad. Kautsky lo había previsto en parte cuando decía en 1902 que la futura revolución (tal vez con excepción de Rusia, añadía) sería no tanto una lucha del pueblo contra el gobierno, como una lucha entre dos partes del pueblo. En Rusia vemos que esta segunda lucha toma indudablemente un desarrollo más extenso que en las revoluciones burguesas de Occidente. Los enemigos de nuestra revolución son poco numerosos entre el pueblo, pero se organizan más y más a medida que la lucha se agudiza y reciben apoyo de las capas reaccionarias de la burguesía. Es, pues, completamente natural e inevitable que en una época semejante, en una época de huelgas políticas en escala nacional, la insurrección no puede adoptar la antigua forma de actos aislados, limitados a un lapso de tiempo muy breve y a una zona muy reducida. Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome formas más elevadas y complejas de una guerra civil prolongada y que abarca a todo el país, es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Semejante guerra no puede concebirse más que como una serie de pocas grandes batallas, separadas unas de otras por intervalos relativamente considerables y una gran cantidad de pequeños encuentros librados durante estos intervalos. Si esto es así -- y lo es sin duda --, la socialdemocracia debe sin falta plantearse la tarea de constituir organizaciones que sean lo más aptas posibles para dirigir a las masas en estas grandes batallas y, en lo posible, en estos pequeños encuentros. La socialdemocracia debe proponerse, en la época en que la lucha de clases se agudiza hasta llegar a la guerra civil, no solamente tomar parte en esta guerra civil, sino también desempeñar la función dirigente en ella. La socialdemocracia debe educar y preparar a sus organizaciones para que realmente sean capaces de actuar como una parte beligerante, no dejando pasar ninguna ocasión de asestar un golpe a las fuerzas del adversario.
Esta es -- no es posible negarlo -- una tarea difícil, que no se puede resolver de golpe. Lo mismo que todo el pueblo se reeduca y se instruye en la lucha en el curso de la guerra civil, nuestras organizaciones deben ser educadas, deben ser reorganizadas sobre la base de lo que enseña la experiencia, a fin de estar a la altura de su misión.
No tenemos la menor pretensión de imponer a los militantes activos una forma de lucha cualquiera inventada por nosotros, ni siquiera resolver, desde nuestro gabinete, la cuestión del papel que una u otra forma de guerra de guerrillas puede desempeñar en el curso general de la guerra civil en Rusia. Lejos de nosotros la idea de ver en la apreciación concreta hecha de una u otra acción de guerrillas una cuestión de tendencia en la socialdemocracia. Pero consideramos que constituye para nosotros un deber contribuir en la medida de nuestras fuerzas a la justa apreciación teórica de las formas nuevas de lucha que la vida hace aparecer; que debemos combatir sin cuartel la rutina y los prejuicios que impiden a los obreros conscientes plantear como conviene esta nueva y difícil cuestión y abordar como es debido su solución.
* Se acusa frecuentemente a los socialdemócratas bolcheviques de asumir una actitud irreflexiva y parcial frente a las acciones de guerrillas. Por esto no será superfluo recoldar que en el proyecto de resolución sobre las acciones de guerrillas (Nƒ 2 de Partinie Izvestia4 e informe de Lenin acerca del Congreso5) el sector de bolcheviques que las defiende ha puesto las condiciones siguientes para su aprobación: no son toleradas en absoluto las "expropiacioncs" de bienes privados; las "expropiacioncs" de bienes del Estado no son recomendadas; sólo son toleradas a condición de que se hagan bajo el control del Partido y de que los recursos sean destinados a las necesidades de la insurrección. Las acciones de guerrillas que revisten la forma de actos terroristas son recomendadas contra los opresores gubernamentales y los elementos activos de las "centurias negras", pero con las condiciones siguientes: 1) tener en cuenta el estado de ánimo de las grandes masas; 2) tomar en consideración las condiciones del movimiento obrero local; 3) preocuparse de no gastar inútilmente las fuerzas del proletariado. La diferencia práctica entre este proyecto y la resolución adoptada en el Congreso de Unificación6 consiste, exclusivamente, en que las "expropiaciones" de bienes del Estado no han sido admitidas.
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NOTAS
1 Kadetes ("Los demócratas constitucionalistas"): principal partido burgués de Rusia; partido de la burguesía monárquica liberal, se constituyó en octubre de 1905. Su lider fue P. Miliukov. Encubriéndose con falsas apariencias de democratismo, se llamaron a sí mismo el partido de la "libertad del pueblo", se esforzaban por atraer a su lado a los campeshlos. Aspiraban a conservar el zarismo como una monarquía constitucional. Más tarde, el partido constitucional demócrata se convirtió en un partido burgués del imperialismo. Después de la victoria de la Revolución Socialista de Octubre, los kadetes organizaron complots y sublevaciones contrarrevolucionarias para derrocar la República Soviética.
2 Bezzaglavtsi : organizadores y colaboradores de la revista Bez Zaglavia ("Sin Titulo"), editada en Petersburgo en 1906 por S. N. Prokopóvich, E. D. Kuskova, V. I. Bogucharski y otros. Los Bezzglavtsi se declaraban abiertamente partidarios del revisionismo, apoyaban a los mencheviques y liberales, y actuaban contra la política independiente del proletariado. Lenin llamó a los Bezzaglavtsi kadetes tipo menchevique, o sea, mencheviques tipo kadete.
3 Nóvoie Vremia ("Tiempos Nuevos"): diario que se publicó en Petersburgo desde 1868 hasta 1917. Primero fue liberal moderado, y desde 1876, se trasformó en vocero de los circulos reaccionarios de la nobleza y la burocracia, luchó no solamente contra el movimiento revolucionario, sino también contra el de la burguesía liberal. A partir de 1905 se convirtió en órgano de los centurionegristas. Lenin lo llamaba "modelo de periódico venal". Después de la Revolución Democrático burguesa de Febrero apoyó sin reservas la politica contrarrevolucionaria del gobierno provisional burgués y desató una furiosa campaña contra los bolcheviques. Fue clausurado el 8 de noviembre de 1917 por el Comité Militar Revolucionario adjunto al Soviet de Petrogrado.
4 Partinie Izvestia ("Noticias del Partido"): periódico clandestino del CC Unificado del POSDR, se publicó en Petersburgo en visperas del IV Congreso (de Unificación) del Partido. Sólo aparecieron dos números: el 20 de febrero y el 2 de abril de 1906. La redacción estaba integrada por los redactores del periódico bolchevique (Proletari) y por igual número de redactores de la nueva Iskra menchevique. Representaban a los bolcheviques Lenin, Lunacharski y otros.
En Partinie Izvestia se incluyeron dos articulos de Lenin: "La situación actual en Rusia y la táctica del partido obrero " y "La revolución rusa y las tareas del proletariado ", con la firma Bolchevique. (V. I. Lenin, Obras Completas, t. X.) Después del Congreso, Partinie Izvestia dejó de aparecer.
5 Se alude al "Informe sobre el Congreio de Unificación del POSDR" -- Carta a los obreros de Petersburgo. (V. I. Lenin, Obras Completas, t. X.)
6 El IV Congreso (de Unificación) del POSDR se realizo en Estocolmo entre el 23 de abril y 8 de mayo de 1906.
Asistieron al Congreso 112 delegados con derecho a voto, en representacion de 57 organizaciones locales del POSDR, y 22 delegados con voz pero sin voto. Las organizaciones nacionales también estuvieron representadas: tres delegados por la socialdemocracia de Polonia y Lituania, tres por el Bund, tres por el partido obrero socialdemócrata de Letonia, un delegado del Partido Obrero Socialdemócrata de Ucrania y uno del Partido Obrero de Finlandia. Además, asistió un representante del Partido Obrero Socialdemócrata de Bulgaria. De los delegados, 46 eran bolcheviques y 62 mencheviques. El Congreso analizó los siguientes principales problemas: problema agrario; apreciación de la situación actual y de las tareas de clase del proletariado; la actitud hacia la Duma del Estado; problema organizativo. La discusión de cada problema provocaba áspera lucha entre bolcheviques y mencheviques. Lenin presentó informes e intervino acerca del problema agrario, de la situación en ese momento, de la táctica respecto a la elección en la Duma, la insurrección armada y otros problemas.
La superioridad numérica de los mencheviques, aunque mezquina, determinó el carácter de las resoluciones: con respecto a muchos problemas el Congreso tomó resoluciones mencheviques (resoluciones sobre el problema agrario, la actitud hacia la Duma, etc.). En lo que se refiere a los estatutos, el Congreso adoptó la formulación de Lenin para el articulo 1. Se aprobó una resolución sobre la unificación con la socialdemocracia de Polonia y de Lituania y con el Partido Obrero Socialdemócrata de Letonia, que se incorporaron al POSDR como organizaciones territoriales. Asimismo el Congreso prejuzgó la cuestión de Bund de formar parte de POSDR.
Integraban el Comité Central, elegido en el Congreso, tres bolcheviques y siete mencheviques. La Redacción del Organo Central estaba compuesta sólo por mencheviques.
El análisis detallado de la labor del Congreso aparece en el artículo "Informe sobre el Congreso de Unificación del POSDR". (V. I. Lenin, Obras Completes, t. X.) "El momento actual y el Congreso de Unificación del Partido Obrero" y "Prólogo del autor al primer tomo". (J. Stalin, Obras, t. I.)
Primera publicación: En Proletari, núm. 5, 30 de septiembre de 1906.
La cuestión de la acción guerrillera es de sumo interés para nuestro Partido y para las masas obreras. Ya nos hemos referido de paso a ella más de una vez, y ahora, tal como lo habíamos prometido, nos proponemos ofrecer una exposición más completa de nuestras ideas al respecto.
I
Comencemos por el principio. ¿Cuáles son las exigencias fundamentales que todo marxista debe presentar para el análisis de la cuestión de las formas de lucha? En primer lugar, el marxismo se distingue de todas las formas primitivas del socialismo pues no liga el movimiento a una sola forma determinada de lucha. El marxismo admite las formas más diversas de lucha; además, no las "inventa", sino que generaliza, organiza y hace conscientes las formas de lucha de las clases revolucionarias que aparecen por sí mismas en el curso del movimiento. El marxismo, totalmente hostil a todas las fórmulas abstractas, a todas las recetas doctrinas, exige que se preste mucha atención a la lucha de masas en curso que, con el desarrollo del movimiento, el crecimiento de la conciencia de las masas y la agudización de las crisis económicas y políticas, engendra constantemente nuevos y cada vez más diversos métodos de defensa y ataque. Por esto, el marxismo no rechaza categóricamente ninguna forma de lucha El marxismo no se limita, en ningún caso, a las formas de lucha posibles y existentes sólo en un momento dado, admitiendo la aparición inevitable de formas de lucha nuevas, desconocidas de los militantes de un período dado, al cambiar la coyuntura social. El marxismo, en este sentido, aprende, si puede decirse así, de la práctica de las masas, lejos de pretender enseñar a las masas formas de lucha inventadas por "sistematizadores" de gabinete. Sabemos -- decía, por ejemplo, Kautsky, al examinar las formas de la revolución social -- que la próxima crisis nos traerá nuevas formas de lucha que no podemos prever ahora.
En segundo lugar, el marxismo exige que la cuestión de las formas de lucha sea enfocada históricamente. Plantear esta cuestión fuera de la situación histórica concreta significa no comprender el abecé del materialismo dialéctico. En los diversos momentos de la evolución económica, según las diferentes condiciones políticas, cultural-nacionales, costumbrales, etc., aparecen en primer plano distintas formas de lucha, y se convierten en las formas de lucha principales; y, en relación con esto, se modifican a su vez las formas de lucha secundarias, accesorias. Querer responder sí o no a propósito de un determinado procedimiento de lucha, sin examinar en detalle la situación concreta de un movimiento dado, la fase dada de su desenvolvimiento, significa abandonar completarnente la posición del marxismo.
Estos son los dos principios teóricos fundamentales que deben guiarnos. La historia del marxismo en Europa Occidental nos suministra innumerables ejemplos que confirman lo dicho. La socialdemocracia europea considera, en el momento actual, el parlamentarismo y el movimiento sindical como las principales formas de lucha; en el pasado reconocía la insurrección y está plenamente dispuesta a reconocerla en el porvenir si la situación cambia, pese a la opinión de los liberales burgueses, como los kadetes1 y los bezzaglavtsi2 rusos. La socialdemocracia negaba la huelga general en la década del 70 como panacea social, como medio para derribar de golpe a la burguesía por la vía no política, pero admite plenamente la huelga política de masa (sobre todo, después de la experiencia rusa de 1905) como uno de los procedimientos de lucha, indispensable en ciertas condiciones. La socialdemocracia, que admitía la lucha de barricadas en la década del 40 del siglo XIX, y la rechazaba, basándose en datos concretos, a fines del siglo XIX, se ha declarado plenamente dispuesta a revisar esta última opinión y a reconocer la conveniencia de la lucha de barricadas después de la experiencia de Moscú, que ha iniciado según las palabras de Kautsky, una nueva táctica de las barricadas.
II
Establecidos los principios generales del marxismo, pasemos a la revolución rusa. Recordemos el desarrollo histórico de las formas de lucha que ha hecho aparecer. Primero, las huelgas económicas de los obreros (1896-1900), después, las manifestaciones políticas de obreros y estudiantes (1901-1902), las revueltas campesinas (1902), el principio de las huelgas políticas de masas combinadas de diversos modos con las manifestaciones (Rostov 1902, las huelgas del verano de 1903, el 9 de enero de 1905), la huelga política en toda Rusia con casos locales de combates de barricadas (octubre de 1905), la lucha masiva de barricadas y la insurrección armada (diciembre de 1905), la lucha parlamentaria pacífica (abril-junio de 1906), los alzamientos militares parciales (junio de 1905-julio de 1906), las sublevaciones parciales de campesinos (otoño de 1905-otoño de 1906). Tal es el estado de cosas en el otoño de 1906, desde el punto de vista de las formas de lucha en general. La forma de lucha con que la autocracia "contesta" es el pogromo de las centurias negras, comenzando por el de Kishiniov en la primavera de 1903, y terminando por el de Siedlce en el otoño de 1906. Durante todo este período la organización de pogromos por las centurias negras y las matanzas de judíos, estudiantes, revolucionarios, obreros conscientes han ido constantemente en aumento y se han ido perfeccionando, uniéndose la violencia de la chusma sobornada a la violencia de las tropas centurionegristas, llegando hasta utilizar la artillería en aldeas y ciudades, en combinación con expediciones punitivas, trenes de represión, etc.
Tal es el fondo esencial del cuadro. Sobre este fondo se dibuja -- evidentemente como algo particular, secundario, accesorio -- el fenómeno a cuyo estudio y apreciación está consagrado el presente artículo. ¿En qué consiste este fenómeno? ¿Cuáles son sus formas? y ¿cuáles sus causas? ¿Cuándo surgió y hasta dónde se ha extendido? ¿Cuál su significación en la marcha general de la revolución? ¿Cuáles son sus relaciones con la lucha de la clase obrera, organizada y dirigida por la socialdemocracia? Estas son las cuestiones que debemos abordar ahora, después de haber bosquejado el fondo general del cuadro.
El fenómeno que nos interesa es la lucha armada. Sostienen esta lucha individuos aislados y pequeños grupos. Unos pertenecen a las organizaciones revolucionarias otros (la mayoría, en cierta parte de Rusia) no pertenecen a ninguna organización revolucionaria. La lucha armada persigue dos fines diferentes, que es preciso distinguir rigurosamente : en primer lugar, esta lucha se propone la ejecución de personas aisladas, de los jefes y subalternos de la policía y del ejército; en segundo lugar, la confiscación de fondos pertenecientes tanto al gobierno como a particulares. Parte de las sumas confiscadas va al partido, parte está consagrada especialmente al armamento y a la preparación de la insurrección, parte a la manutención de los que sostienen la lucha que caracterizamos. Las grandes expropiaciones (la del Cáucaso, de más de 200.000 rublos; la de Moscú, de 875.000 rubios) estaban destinadas precisamente a los partidos revolucionarios ante todo; las pequeñas expropiaciones sirven en primer lugar, e incluso a veces enteramente, al sostenimiento de los "expropiadores". Esta forma de lucha ha tomado un amplio desarrollo y extensión, indudablemente, tan sólo en 1906, es decir, después de la insurrección de diciembre. La agudización de la crisis política hasta llegar a la lucha armada y, sobre todo, la agravación de la miseria, del hambre y del paro en las aldeas y en las ciudades han desempeñado un importante papel entre las causas que han originado la lucha de que tratamos. El mundo de los vagabundos, el "lumpenproletariat" y los grupos anarquistas han adoptado esta forma de lucha como la forma principal y hasta exclusiva de lucha social. Como forma de lucha empleada en "respuesta" por la autocracia, hay que considerar: el estado de guerra, la movilización de nuevas tropas, los pogromos de las centurias negras (Siedlce) y los consejos de guerra.
III
El juicio habitual sobre la lucha que estamos describiendo, se reduce a lo siguiente: esto es anarquismo, blanquismo, el antiguo terrorismo, actos de individuos aislados de las masas que desmoralizan a los obreros, que apartan de ellos a los amplios círculos de la población, desorganizan el movimiento y perjudican a la revolución. En los hechos comunicados todos los días por los periódicos se encuentran, sin dificultad, ejemplos para confirmar este juicio.
Pero ¿son convincentes estos ejemplos? Para comprobarlo tomemos el hogar en que esta forma de lucha está más desarrollada: la región de Letonia. He aquí en qué términos se lamenta Nóvoie Vremia3 (del 9 y del 12 de septiembre), de la actividad de la socialdemocracia letona. El Partido Obrero Socialdemócrata Letón (sección del POSDR) publica regularmente 30.000 ejemplares de su periódico; en las columnas de anuncios de éste se publican listas de confidentes cuya supresión constituye un deber para cada hombre honrado; los que ayudan a la policía son declarados "enemigos de la revolución" y deben ser ejecutados, y, además, confiscados sus bienes; se llama a la población a no dar dinero para el Partido Socialdemócrata más que contra recibo sellado; en la última rendición de cuentas del Partido figuran, entre los 48.000 rublos de ingreso del año, 5.600 rublos de la sección de Libava para la compra de armas, procurados mediante expropiaciones. Como es natural, Nóvoie Vremia lanza rayos y centellas contra esta "legislación revolucionaria", contra este "gobierno de terror".
Nadie se atreverá a calificar de anarquismo, de blanquismo, de terrorismo, estas acciones de los socialdemócratas letones. Pero, ¿por qué? Porque en este caso es evidente la relación de la nueva forma de lucha con la insurrección que estalló en diciembre y que madura de nuevo. En lo que concierne a toda Rusia, esta relación no es tan perceptible, pero existe. La extensión de la lucha de "guerrillas", precisamente después de diciembre, su relación con la agravación de la crisis no sólo económica, sino también política, son innegables. El viejo terrorismo ruso era obra del intelectual conspirador; ahora, la lucha de guerrillas la mantiene, por regla general, el obrero combatiente o simplemente el obrero sin trabajo. Blanquismo y anarquismo se les ocurren fácilmente a gentes que gustan de los clichés, pero en la atmósfera de insurrección, que de un modo tan evidente existe en la región de Letonia, es indudable que estas etiquetas aprendidas de memoria no tienen ningún valor.
El ejemplo de los letones demuestra perfectamente que el método, tan común entre nosotros, de analizar la guerra de guerrillas al margen de las condiciones de una insurrección, es incorrecto, anticientífico y antihistórico. Hay que tener en cuenta esta atmósfera insurreccional, reflexionar sobre las particularidades del período transitorio entre los grandes actos de la insurrección, comprender qué formas de lucha surgen necesariamente como consecuencia de ello y no salir del paso con un surtido de palabras aprendidas de memoria, que son empleadas lo mismo por los kadetes y por la gente de Nóvoie Vremia : ¡anarquismo, pillaje, rufianismo!
Las operaciones de guerrillas, se dice, desorganizan nuestro trabajo. Apliquemos este razonamiento a la situación creada después de diciembre de 1905, a la época de los pogromos de las centurias negras y de la ley marcial. ¿Qué es lo que desorganiza más el movimiento en dicha época: la falta de resistencia o bien la lucha organizada de los guerrilleros? Comparad la Rusia Central con sus confines del Oeste, con Polonia y la región de Letonia. La lucha de guerrillas ha adquirido indudablemente mucha más difusión y desarrollo en esos confines occidentales. Y es no menos innegable que el movimiento revolucionario en general y el movimiento socialdemócrata en particular, están más desorgenizados en la Rusia Central que en las regiones del Oeste. Evidentemente, ni siquiera se nos ocurre la idea de deducir que si los movimientos socialdemócratas polaco y letón están menos desorganizados es gracias a la guerra de guerrillas. No. La única conclusión que se desprende de ello es que no puede imputarse a la guerra de guerrillas el estado de desorganización del movimiento obrero socialdemócrata en la Rusia de 1906.
Se invocan frecuentemente las particularidades de las condiciones nacionales, lo cual revela manifiestamente la debilidad de la argumentación corriente. Si se trata de las condiciones nacionales, es que no se trata de anarquismo, de blanquismo, de terrorismo -- pecados comunes a toda Rusia e incluso específicamente rusos --, sino de algo diferente. ¡Analizad este algo diferente de un modo concreto, señores! Veréis entonces que la opresión o el antagonismo nacionales no explican nada, pues siempre han existido en los confines occidentales, mientras que la lucha de guerrillas ha sido engendrada solamente por el período histórico actual. Hay muchos sitios en que existen la opresión y el antagonismo nacionales, pero no la lucha de guerrillas, que se desarrolla a veces sin que se dé la opresión nacional. Un análisis concreto de la cuestión muestra que no es del yugo nacional de lo que se trata, sino de las condiciones de la insurrección. La lucha de guerrillas es una forma inevitable de lucha en un momento en que el movimiento de masas ha llegado ya realmente a la insurrección y en que se producen intervalos más o menos considerables entre "grandes batallas" de la guerra civil.
No son las acciones de guerrillas las que desorganizan el movimiento, sino la debilidad del Partido, que no sabe tomar en sus manos tales acciones. Por eso, entre nosotros, los rusos, los anatemas lanzados habitualmente contra las acciones de guerrillas, coinciden con acciones de guerrillas clandestinas, accidentales, no organizadas, que realmente desorganizan al Partido. Incapaces de comprender cuáles son las condiciones históricas que engendran esta lucha, somos igualmente incapaces de contrarrestar sus aspectos perjudiciales. La lucha no por eso deja de continuarse, pues la provocan potentes factores económicos y políticos. No tenemos fuerza para suprimir estos factorcs ni esta lucha. Nuestras quejas contra la lucha de guerrillas son quejas contra la debilidad de nuestro Partido en materia de insurrección.
Lo que hemos dicho de la desorganización se aplica también a la desmoralización. No es la guerra de guerrillas lo que desmoraliza, sino el carácter inorganizado, desordenado, sin partido de las acciones de guerrillas. De esta evidentísima desmoralización no nos salvaremos ni un ápice condenando o maldiciendo las acciones de guerrillas; pues estas condenaciones y maldiciones son absolutamente impotentes para detener un fenómeno provocado por causas económicas y políticas profundas. Se nos objetará que si somos incapaces de detener un fenómeno anormal y desmoralizador, esto no es razón para que el Partido adopte procedimientos de lucha anormales y desmoralizadores. Pero tal objeción sería puramente liberal-burguesa y no marxista, pues un marxista no puede considerar en general anormales y desmoralizadoras la guerra civil o la guerra de guerrillas, como una de sus formas. Un marxista se basa en la lucha de clases y no en la paz social. En ciertos períodos de crisis económicas y políticas agudas, la lucha de clases, al desenvolverse, se transforma en guerra civil abierta, es decir, en lucha armada entre dos partes del pueblo. En tales períodos, el marxista está obligado a tomar posición por la guerra civil. Toda condenación moral de ésta es completamente inadmisible desde el punto de vista del marxismo.
En una época de guerra civil, el ideal del Partido del proletariado es un partido de combate. Esto es absolutamente incontrovertible. Estamos completamente dispuestos a conceder que, desde el punto de vista de la guerra civil se puede demostrar, y se demuestra, la inconveniencia de unas u otras formas de guerra civil en uno u otro momento. Admitimos plenamente la crítica de las diversas formas de guerra civil desde el punto de vista de la conveniencia militar y estamos incondicionalmente de acuerdo en que, en esta cuestión, el voto decisivo corresponde a los militantes activos socialdemócratas de cada localidad. Pero, en nombre de los principios del marxismo, exigimos absolutamente que nadie intente sustraerse al análisis de las condiciones de la guerra civil con frases triviales y rutinarias sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo; que no se haga de los procedimientos insensatos empleadGs en la guerra de guerrillas en un cierto momento por cierta organización del Partido Socialista Polaco, un espantajo en la cuestión de la participación de la socialdemocracia en la guerra de guerrillas en general.
El argumento de que la guerra de guerrillas desorganiza el movimiento debe ser apreciado de manera crítica. Toda forma nueva de lucha, que trae aparejada consigo nuevos peligros y nuevos sacrificios, "desorganiza", indefectiblemente, las organizaciones no preparadas para esta nueva forma de lucha. Nuestros antiguos círculos de propagandistas se desorganizaron al recurrir a los métodos de agitación. Nuestros comités se desorganizaron al recurrir a las demostraciones. En toda guerra, cualquier operación lleva un cierto desorden a las filas de los combatientes. De esto no puede deducirse que no hay que combatir. De esto es preciso deducir que hay que aprender a combatir. Y nada más.
Cuando veo a socialdemócratas que declaran arrogante y presuntuosamente: nosotros no somos anarquistas, ni ladrones, ni bandidos; estamos por encima de todo eso, rechazamos la guerra de guerrillas, me pregunto: ¿comprenden esas gentes lo que dicen? En todo el país se libran encuentros armados y choques entre el gobierno centurionegrista y la población. Es un fenómeno absolutamente inevitable en la fase actual de desarrollo de la revolución. Espontáneamente, sin organización -- y, precisamente por eso, en formas a menudo poco afortunadas y malas --, la población reacciona también mediante colisiones y ataques armados. Estoy de acuerdo en que, a causa de la debilidad o de la falta de preparación de nuestra organización, podemos renunciar, en una localidad y en un momento dado, a colocar esta lucha espontánea bajo la dirección del Partido. Estoy de acuerdo en que esta cuestión debe ser resuelta por los militantes locales activos, en que no es cosa fácil reajustar el trabajo de organizaciones débiles y no preparadas. Pero cuando veo que un teórico o que un publicista de la socialdemocracia, no lamenta esta falta de preparación, sino que repite con orgullosa suficiencia y entusiasmo narcisista las frases aprendidas en su primera juventud sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo, me causa una gran pena el ver rebajar así la doctrina más revolucionaria del mundo.
Se dice que la guerra de guerrillas aproxima al proletariado consciente a la categoría de los vagabundos borrachines y degradados. Es cierto. Pero de esto sólo se desprende que el partido del proletariado no puede nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni siquiera como el principal procedimiento de lucha; que este procedimiento debe estar subordinado a los otros, debe ser proporcionado a los procedimientos esenciales de lucha, ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los procedimientos de lucha, en la sociedad burguesa, aproximan al proletariado a las diversas capas no proletarias, situadas por encima o por debajo de él, y, abandonados al curso espontáneo de los acontecimientos, se desgastan, se pervierten, se prostituyen. Las huelgas, abandonadas al censo espontáneo de los acontecimientos, degeneran en Alliances, en acuerdos entre obreros y patronos contra los consumidores. El parlamento degenera en un burdel, donde una banda de politicastros burgueses comercia al por mayor y al por menor con la "libertad popular", el "liberalismo", la "democracia", el republicanismo, el anticlericalismo, el socialismo y demás mercancías de fácil colocación. La prensa se transforma en alcahueta barata, en instrumento de corrupción de las masas, de adulación grosera de los bajos instintos de la muchedumbre, etc., etc. La socialdemocracia no conoce procedimientos de lucha universales que separen al proletariado con una muralla china de las capas situadas un poco más arriba o un poco más abajo de él. La socialdemocracia emplea, en diversas épocas, diversos procedimientos, rodeando siempre su aplicación de condiciones ideológicas y de organización rigurosamente determinadas*.
IV
Las formas de lucha de la revolución rusa, comparadas con las revoluciones burguesas de Europa, se distinguen por su extraordinaria variedad. Kautsky lo había previsto en parte cuando decía en 1902 que la futura revolución (tal vez con excepción de Rusia, añadía) sería no tanto una lucha del pueblo contra el gobierno, como una lucha entre dos partes del pueblo. En Rusia vemos que esta segunda lucha toma indudablemente un desarrollo más extenso que en las revoluciones burguesas de Occidente. Los enemigos de nuestra revolución son poco numerosos entre el pueblo, pero se organizan más y más a medida que la lucha se agudiza y reciben apoyo de las capas reaccionarias de la burguesía. Es, pues, completamente natural e inevitable que en una época semejante, en una época de huelgas políticas en escala nacional, la insurrección no puede adoptar la antigua forma de actos aislados, limitados a un lapso de tiempo muy breve y a una zona muy reducida. Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome formas más elevadas y complejas de una guerra civil prolongada y que abarca a todo el país, es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Semejante guerra no puede concebirse más que como una serie de pocas grandes batallas, separadas unas de otras por intervalos relativamente considerables y una gran cantidad de pequeños encuentros librados durante estos intervalos. Si esto es así -- y lo es sin duda --, la socialdemocracia debe sin falta plantearse la tarea de constituir organizaciones que sean lo más aptas posibles para dirigir a las masas en estas grandes batallas y, en lo posible, en estos pequeños encuentros. La socialdemocracia debe proponerse, en la época en que la lucha de clases se agudiza hasta llegar a la guerra civil, no solamente tomar parte en esta guerra civil, sino también desempeñar la función dirigente en ella. La socialdemocracia debe educar y preparar a sus organizaciones para que realmente sean capaces de actuar como una parte beligerante, no dejando pasar ninguna ocasión de asestar un golpe a las fuerzas del adversario.
Esta es -- no es posible negarlo -- una tarea difícil, que no se puede resolver de golpe. Lo mismo que todo el pueblo se reeduca y se instruye en la lucha en el curso de la guerra civil, nuestras organizaciones deben ser educadas, deben ser reorganizadas sobre la base de lo que enseña la experiencia, a fin de estar a la altura de su misión.
No tenemos la menor pretensión de imponer a los militantes activos una forma de lucha cualquiera inventada por nosotros, ni siquiera resolver, desde nuestro gabinete, la cuestión del papel que una u otra forma de guerra de guerrillas puede desempeñar en el curso general de la guerra civil en Rusia. Lejos de nosotros la idea de ver en la apreciación concreta hecha de una u otra acción de guerrillas una cuestión de tendencia en la socialdemocracia. Pero consideramos que constituye para nosotros un deber contribuir en la medida de nuestras fuerzas a la justa apreciación teórica de las formas nuevas de lucha que la vida hace aparecer; que debemos combatir sin cuartel la rutina y los prejuicios que impiden a los obreros conscientes plantear como conviene esta nueva y difícil cuestión y abordar como es debido su solución.
* Se acusa frecuentemente a los socialdemócratas bolcheviques de asumir una actitud irreflexiva y parcial frente a las acciones de guerrillas. Por esto no será superfluo recoldar que en el proyecto de resolución sobre las acciones de guerrillas (Nƒ 2 de Partinie Izvestia4 e informe de Lenin acerca del Congreso5) el sector de bolcheviques que las defiende ha puesto las condiciones siguientes para su aprobación: no son toleradas en absoluto las "expropiacioncs" de bienes privados; las "expropiacioncs" de bienes del Estado no son recomendadas; sólo son toleradas a condición de que se hagan bajo el control del Partido y de que los recursos sean destinados a las necesidades de la insurrección. Las acciones de guerrillas que revisten la forma de actos terroristas son recomendadas contra los opresores gubernamentales y los elementos activos de las "centurias negras", pero con las condiciones siguientes: 1) tener en cuenta el estado de ánimo de las grandes masas; 2) tomar en consideración las condiciones del movimiento obrero local; 3) preocuparse de no gastar inútilmente las fuerzas del proletariado. La diferencia práctica entre este proyecto y la resolución adoptada en el Congreso de Unificación6 consiste, exclusivamente, en que las "expropiaciones" de bienes del Estado no han sido admitidas.
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NOTAS
1 Kadetes ("Los demócratas constitucionalistas"): principal partido burgués de Rusia; partido de la burguesía monárquica liberal, se constituyó en octubre de 1905. Su lider fue P. Miliukov. Encubriéndose con falsas apariencias de democratismo, se llamaron a sí mismo el partido de la "libertad del pueblo", se esforzaban por atraer a su lado a los campeshlos. Aspiraban a conservar el zarismo como una monarquía constitucional. Más tarde, el partido constitucional demócrata se convirtió en un partido burgués del imperialismo. Después de la victoria de la Revolución Socialista de Octubre, los kadetes organizaron complots y sublevaciones contrarrevolucionarias para derrocar la República Soviética.
2 Bezzaglavtsi : organizadores y colaboradores de la revista Bez Zaglavia ("Sin Titulo"), editada en Petersburgo en 1906 por S. N. Prokopóvich, E. D. Kuskova, V. I. Bogucharski y otros. Los Bezzglavtsi se declaraban abiertamente partidarios del revisionismo, apoyaban a los mencheviques y liberales, y actuaban contra la política independiente del proletariado. Lenin llamó a los Bezzaglavtsi kadetes tipo menchevique, o sea, mencheviques tipo kadete.
3 Nóvoie Vremia ("Tiempos Nuevos"): diario que se publicó en Petersburgo desde 1868 hasta 1917. Primero fue liberal moderado, y desde 1876, se trasformó en vocero de los circulos reaccionarios de la nobleza y la burocracia, luchó no solamente contra el movimiento revolucionario, sino también contra el de la burguesía liberal. A partir de 1905 se convirtió en órgano de los centurionegristas. Lenin lo llamaba "modelo de periódico venal". Después de la Revolución Democrático burguesa de Febrero apoyó sin reservas la politica contrarrevolucionaria del gobierno provisional burgués y desató una furiosa campaña contra los bolcheviques. Fue clausurado el 8 de noviembre de 1917 por el Comité Militar Revolucionario adjunto al Soviet de Petrogrado.
4 Partinie Izvestia ("Noticias del Partido"): periódico clandestino del CC Unificado del POSDR, se publicó en Petersburgo en visperas del IV Congreso (de Unificación) del Partido. Sólo aparecieron dos números: el 20 de febrero y el 2 de abril de 1906. La redacción estaba integrada por los redactores del periódico bolchevique (Proletari) y por igual número de redactores de la nueva Iskra menchevique. Representaban a los bolcheviques Lenin, Lunacharski y otros.
En Partinie Izvestia se incluyeron dos articulos de Lenin: "La situación actual en Rusia y la táctica del partido obrero " y "La revolución rusa y las tareas del proletariado ", con la firma Bolchevique. (V. I. Lenin, Obras Completas, t. X.) Después del Congreso, Partinie Izvestia dejó de aparecer.
5 Se alude al "Informe sobre el Congreio de Unificación del POSDR" -- Carta a los obreros de Petersburgo. (V. I. Lenin, Obras Completas, t. X.)
6 El IV Congreso (de Unificación) del POSDR se realizo en Estocolmo entre el 23 de abril y 8 de mayo de 1906.
Asistieron al Congreso 112 delegados con derecho a voto, en representacion de 57 organizaciones locales del POSDR, y 22 delegados con voz pero sin voto. Las organizaciones nacionales también estuvieron representadas: tres delegados por la socialdemocracia de Polonia y Lituania, tres por el Bund, tres por el partido obrero socialdemócrata de Letonia, un delegado del Partido Obrero Socialdemócrata de Ucrania y uno del Partido Obrero de Finlandia. Además, asistió un representante del Partido Obrero Socialdemócrata de Bulgaria. De los delegados, 46 eran bolcheviques y 62 mencheviques. El Congreso analizó los siguientes principales problemas: problema agrario; apreciación de la situación actual y de las tareas de clase del proletariado; la actitud hacia la Duma del Estado; problema organizativo. La discusión de cada problema provocaba áspera lucha entre bolcheviques y mencheviques. Lenin presentó informes e intervino acerca del problema agrario, de la situación en ese momento, de la táctica respecto a la elección en la Duma, la insurrección armada y otros problemas.
La superioridad numérica de los mencheviques, aunque mezquina, determinó el carácter de las resoluciones: con respecto a muchos problemas el Congreso tomó resoluciones mencheviques (resoluciones sobre el problema agrario, la actitud hacia la Duma, etc.). En lo que se refiere a los estatutos, el Congreso adoptó la formulación de Lenin para el articulo 1. Se aprobó una resolución sobre la unificación con la socialdemocracia de Polonia y de Lituania y con el Partido Obrero Socialdemócrata de Letonia, que se incorporaron al POSDR como organizaciones territoriales. Asimismo el Congreso prejuzgó la cuestión de Bund de formar parte de POSDR.
Integraban el Comité Central, elegido en el Congreso, tres bolcheviques y siete mencheviques. La Redacción del Organo Central estaba compuesta sólo por mencheviques.
El análisis detallado de la labor del Congreso aparece en el artículo "Informe sobre el Congreso de Unificación del POSDR". (V. I. Lenin, Obras Completes, t. X.) "El momento actual y el Congreso de Unificación del Partido Obrero" y "Prólogo del autor al primer tomo". (J. Stalin, Obras, t. I.)
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(1906),
LA GUERRA DE GUERRILLAS,
V. I. Lenin
El estado y la revolucion
V. I. Lenin
La teoria marxista del estado y las tareas de proletariado en la revolucion
Indice
Prologo a la primera edicion
Capitulo I - LA SOCIEDAD DE CLASES Y EL ESTADO
Capitulo II - LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS 1848-1851
Capitulo III - LA EXPERIENCIA DE LA COMUNA DE PARIS DE 1871. EL ANALISIS DE MARX
Capitulo IV - ACLARACIONES COMPLEMENTARIAS DE ENGELS
Capitulo V - LAS BASES ECONOMICAS DE LA EXTINCION DEL ESTADO
Capitulo VI - EL ENVILECIMIENTO DEL MARXISMO POR LOS OPORTUNISTAS
Capitulo VII - LA EXPERIENCIA DE LAS REVOLUCIONES RUSAS DE 1905 Y 1917
PALABRAS FINALES A LA PRIMERA EDICION
La teoria marxista del estado y las tareas de proletariado en la revolucion
Indice
Prologo a la primera edicion
Capitulo I - LA SOCIEDAD DE CLASES Y EL ESTADO
Capitulo II - LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS 1848-1851
Capitulo III - LA EXPERIENCIA DE LA COMUNA DE PARIS DE 1871. EL ANALISIS DE MARX
Capitulo IV - ACLARACIONES COMPLEMENTARIAS DE ENGELS
Capitulo V - LAS BASES ECONOMICAS DE LA EXTINCION DEL ESTADO
Capitulo VI - EL ENVILECIMIENTO DEL MARXISMO POR LOS OPORTUNISTAS
Capitulo VII - LA EXPERIENCIA DE LAS REVOLUCIONES RUSAS DE 1905 Y 1917
PALABRAS FINALES A LA PRIMERA EDICION
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